Una hora antes de la ceremonia escuché a mi prometido susurrarle a su madre: “No me importa ella… solo quiero su dinero”. Me tragué las lágrimas, caminé hacia el altar y, cuando el juez preguntó “¿Aceptas?”, no dije “sí”. Sonreí y solté: “Tengo algo que confesar…”. Mi suegra se llevó la mano al pecho. Y entonces abrí el sobre que llevaba escondido.
Una hora antes de la ceremonia, en el baño de invitados del hotel, me retocaba el labial cuando escuché voces detrás de la puerta entreabierta. Reconocí a Javier, mi prometido, y a su madre, Carmen. —Mamá, cálmate —susurró él—. No me importa ella… solo quiero su dinero. Se me helaron las manos. “Ella” era yo:…