Cuando mis hijos dijeron: “Véndelo. No vale nada”, sentí vergüenza por algo que había sido toda mi vida. Treinta años sin volver al rancho. Mi marido sí iba, solo. Tres veces al año. El día que abrí la verja oxidada y vi quién vivía allí, se me escapó un grito: “¿Esto era lo que escondías?” Lo que encontré no era abandono… y cambió todo.
Me llamo Carmen López, tengo sesenta y ocho años y durante media vida pensé que había dejado atrás mi pasado en un rancho de Extremadura.Cuando Antonio, mi marido, y yo nos mudamos a Madrid, yo no volví jamás. La ciudad, los hijos, el trabajo… y después, la costumbre.Antonio sí regresaba. Tres veces al año. Siempre…