El cinturón cortó el aire y se estrelló contra mi carne mientras mi hermano sonreía con desprecio desde el sofá. Mis padres observaban con una aprobación fría, asintiendo ante mi dolor como si fuera merecido. La sangre se acumuló en mi boca al morderme el labio para no gritar, y en ese instante una claridad aterradora me atravesó, ardiente y helada a la vez. La libertad tiene sabor a venganza.
El cinturón cortó el aire con un silbido seco antes de estrellarse contra mi espalda desnuda. Sentí cómo la piel se abría y el ardor me subía por la columna hasta la nuca. Mi hermano Javier sonreía desde el sofá, relajado, con una cerveza en la mano, como si estuviera viendo un programa aburrido y…