Me gritó: “¡Pues vete a casa de tus padres y a ver si te congelas!” y, sin darme tiempo a reaccionar, me empujó fuera y cerró con llave. Era pleno invierno y yo llevaba solo el camisón. El silencio de la calle dolía más que el frío. Cuando levanté el puño para romper la ventana, la puerta de la vecina se abrió y su voz me heló más que la noche: “Mañana, tu marido va a suplicar”. ¿Por qué lo dijo tan segura?
Me llamo María López, tengo 52 años y vivo en un barrio tranquilo de Valladolid, de esos donde todos se saludan pero nadie se mete. O eso creía. Llevaba veintisiete años casada con Javier, un hombre correcto de puertas para fuera y áspero dentro de casa. Nunca levantó la mano, pero sabía usar las palabras…