No grité cuando la palma de Ethan estalló contra mi mejilla; solo saboreé la sangre y lo vi sonreírle a su amante, como si yo fuera un simple adorno. —¿Ven? —dijo, lo bastante alto para que todos escucharan—. Ella sabe cuál es su lugar. Apreté una mano temblorosa contra mi vientre. —Nuestro bebé está escuchando —susurré. Entonces llamó la clínica. Una sola frase. Un único resultado. Y el hombre que me había destrozado cayó de rodillas, sollozando mi nombre.
No grité cuando la palma de Ethan me cruzó la mejilla en la sala de espera de la clínica privada; el sonido seco resonó entre los sillones de cuero y los cuadros caros. Sentí el sabor metálico de la sangre y, más que el dolor, me hirió su sonrisa, esa que le dedicó a Clara,…