Con ocho meses de embarazo, el aire del pasillo olía a cloro barato y a miedo. No había querido discutir; solo le pedí a Sergio que firmara los papeles del seguro y que dejara de vaciar la cuenta conjunta. Él cerró la puerta del apartamento con el pestillo, como quien pone punto final a una conversación, y me acorraló junto al espejo del recibidor. Vi mi reflejo: ojeras, labios secos, la camiseta estirada sobre la barriga. Me habló con esa calma que usaba para hacerme dudar de mi propia memoria.
Cuando intenté pasar a un lado, su mano me sujetó por el brazo. Sentí el tirón hasta el hueso. Sergio se inclinó, tan cerca que pude contar las venas rojas en sus ojos. Sus dedos se cerraron alrededor de mi garganta con una fuerza sorprendentemente precisa, como si lo hubiera ensayado. “Mientras tú estés fuera, todo será mío”, siseó. Mis pulmones ardieron, la luz se hizo un túnel y mi visión se rompió en estrellas negras. No hubo heroísmo ni frase brillante: solo la certeza de que me estaba quedando sin aire.
Entonces me soltó. Oí su risa, corta y satisfecha, y sus pasos alejándose hacia el dormitorio. Creyó que yo estaba acabada. Me quedé doblada sobre las rodillas, aspirando bocanadas pequeñas, sin hacer ruido. Un golpe interno —una patadita firme— me devolvió al borde de la respiración. No grité. Sonreí, porque en ese segundo entendí algo que había evitado aceptar: si reaccionaba con miedo, él ganaba; si reaccionaba con estrategia, yo sobrevivía.
Con la mano temblorosa palpé el móvil en el bolsillo del abrigo. La grabadora seguía abierta: la había activado antes de subir, por intuición. Guardé el audio con el nombre “recibo”. Luego, arrastrándome hasta la cocina, tomé las llaves del coche y el sobre con mis informes médicos. Desde el dormitorio, Sergio abrió cajones con impaciencia, buscando mis documentos. Yo marqué el 112, apagué la pantalla para que no se viera la luz y acerqué el teléfono a mi pecho. Cuando la operadora contestó, susurré mi dirección y dije: “Estoy embarazada. Mi pareja me ha agredido. Está aquí.”
En ese momento, el suelo crujió detrás de mí. Sergio había dejado de buscar. Y venía hacia la cocina.
La operadora no me pidió que repitiera nada; solo me dijo que mantuviera la línea abierta y que, si podía, me encerrara en un lugar seguro. No había cerrojo en la cocina, así que hice lo único que tenía a mano: me metí en la despensa estrecha, detrás de las bolsas de arroz y las latas, y cerré la puerta despacio. El corazón me golpeaba en las sienes. A través de la madera oí sus pasos, luego el chasquido del cajón de los cuchillos y un suspiro de fastidio, como si mi vida fuera una molestia doméstica.
No contesté. Me senté en el suelo, abrazando la barriga con cuidado, intentando respirar sin toser. La operadora seguía al otro lado; yo solo apretaba el móvil con la mano sudada. Sergio entró en la cocina de golpe. La luz se filtró por la rendija inferior de la despensa. Por un instante, pensé que abriría la puerta y todo terminaría allí mismo. Pero el timbre sonó, fuerte, repetido. Una voz de hombre se oyó en el pasillo: “Policía. Abra la puerta”.
Sergio cambió de tono al instante; empezó a hablar alto, teatral, diciendo que todo era un malentendido, que yo estaba “nerviosa por el embarazo”. Yo seguí sin moverme hasta oír el segundo golpe en la puerta y las instrucciones firmes del agente. Al fin, Sergio abrió. Dos policías entraron, y una policía me encontró cuando escuchó mi respiración entrecortada. Me ofreció agua y, sin tocarme la garganta, me preguntó si podía hablar. Le enseñé la grabación en el teléfono. La escuchó con la mandíbula tensa y pidió refuerzos.
Me llevaron al hospital para comprobar a la bebé y documentar las lesiones. Allí, una trabajadora social me habló con claridad, sin prisas, como si hubiera estado esperando que yo llegara desde hace tiempo: denuncia, parte médico, orden de protección, un lugar donde pasar la noche. Yo pensé en mi hermana Marta, en Valencia, y en la maleta pequeña que siempre había tenido preparada “por si acaso”. Firmé la denuncia con la mano temblorosa, pero firme. Un agente me explicó que él quedaría localizado y que yo podía solicitar acompañamiento policial para recoger ropa y medicación sin enfrentarme a él.
Esa misma madrugada, mientras Lucía seguía moviéndose dentro de mí como recordatorio de que aún estaba viva, recibí un mensaje desde un número desconocido: una foto de mi contrato de alquiler sobre la mesa del salón y una frase breve. “Mañana hablamos de la custodia.”
En Valencia, Marta me abrió la puerta sin preguntas inútiles. Me abrazó por los hombros con cuidado, como si mi cuerpo fuera de cristal, y luego hizo algo que agradecí más que cualquier discurso: puso el hervidor, preparó una cama limpia y dejó mi móvil cargando en la mesa del comedor. Al día siguiente, fuimos juntas a hablar con una abogada de oficio especializada en violencia de género. Me explicó los pasos con un mapa sencillo: ampliar la denuncia, aportar la grabación, entregar capturas del mensaje, pedir medidas urgentes y dejar constancia de cada intento de contacto. También me recordó algo esencial: la seguridad primero, la culpa nunca.
Cuando llegaron las contracciones, tres semanas después, yo ya no vivía en el “quizá”. Tenía un número de expediente, un parte médico, un informe psicológico y una orden de protección en trámite. En el hospital, pedí que anotaran que no quería visitas no autorizadas. Aun así, Sergio intentó entrar: lo supe por el nerviosismo del personal y por el gesto serio del vigilante. No lo vi. Solo escuché, a lo lejos, su voz exigiendo “su derecho”, como si yo fuera una propiedad. La policía lo sacó del recinto por incumplir las indicaciones y por alteración del orden. Yo apreté los dientes, respiré como me enseñaron y me aferré a lo único que importaba: traer a mi hija al mundo sin más amenazas.
Lucía nació al amanecer, pequeña y perfecta, y cuando la pusieron sobre mi pecho entendí que la palabra “futuro” se construye con decisiones concretas, no con promesas. En los meses siguientes, la causa avanzó. Hubo citaciones, informes, un juicio rápido por la agresión y un procedimiento civil para la guarda. Yo me presenté a todo con la misma idea: no negociar con el miedo. La grabación, el parte médico y los testimonios pesaron. El juez fijó medidas de alejamiento y una custodia que priorizaba la seguridad de la menor. Sergio dejó de parecer invencible cuando tuvo que responder ante hechos, no ante sus amenazas.
No voy a decir que fue fácil. Hubo noches de sobresalto y días de dudas. Pero también hubo una red: Marta, la matrona, la trabajadora social, vecinas que me acompañaron al parque cuando yo aún temblaba. Y, sobre todo, hubo un momento silencioso en el que dejé de llamarme “víctima” y empecé a llamarme “madre” y “superviviente”. Yo también pensé que no me creerían, y me equivoqué.
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