Poco antes de morir, mi esposo me sostuvo la mirada y me dijo en voz baja: “Júrame que solo tú prepararás el traje para mi entierro”. Yo acepté, aunque no entendía su insistencia. Pero al tocar un bulto oculto dentro del forro, supe que algo estaba mal… y al abrirlo, el aire desapareció de mis pulmones. “No… esto no puede ser real”, susurré. Lo que descubrí cambió para siempre todo lo que pensaba sobre él y sobre nuestro matrimonio.
Me llamo Elena Vargas, tengo treinta y nueve años y durante doce de ellos estuve casada con Javier Romero, un hombre reservado, elegante y tan cuidadoso con su imagen que parecía incapaz de dejar algo al azar. Tres días antes de morir, en la habitación blanca del hospital de Valencia, me tomó la mano con…