Se inclina hacia mí, riéndose como si fuera un espectáculo. “Mírate”, se burla mi marido millonario, “arrastrándote por el suelo como un animal”. Siento el sabor de la sangre y me trago un grito cuando su amante clava el tacón en mi vientre de siete meses. La sala ruge —las copas tintinean, el dinero habla— mientras yo lucho por respirar. Entonces lo veo: el hombre más alto en la esquina, en silencio, observando. Mi hermano. El más poderoso aquí. Y simplemente sonrió.
La primera vez que vi el salón de la fundación de Julián Rivas, entendí por qué todos lo llamaban “intocable”. Mármol blanco, lámparas que parecían cascadas de cristal, y esa música suave que hacía que hasta los chismes sonaran elegantes. Yo, Clara Montes, llevaba siete meses de embarazo y una sonrisa ensayada. Era la esposa…