Llegué a casa tarde y me quedé paralizado. Mi hijo de siete años, Johnny, estaba cubierto de moretones de la cabeza a los pies. Lo llevé de inmediato a urgencias y, cuando le contó en voz baja al médico lo que había pasado, agarré el teléfono y marqué el 112.
Llegué a mi apartamento en el centro de Valencia pasada la medianoche, cansado por el trabajo. Pero al abrir la puerta, el miedo me paralizó. Mi hijo Johnny, de siete años, estaba sentado en el sofá con su pijama, la camisa desabotonada, y todo su cuerpo cubierto de moretones: brazos, piernas, torso. Solté las bolsas…