Era su cumpleaños cuando me escupió las palabras: “¡Nunca has hecho nada por mí!”. Lo miré fijo y sonreí, pero por dentro algo se rompió. Esa noche lo oí reír en su cuarto, ajeno a la llave que yo apretaba en el bolsillo. Al amanecer, la casa quedó muda: yo no estaba… y el coche tampoco. Entonces sonó su teléfono. Una voz susurró: “Ahora sí vas a pagar”. Y supe que lo peor apenas empezaba.
Me llamo Lucía Márquez, tengo treinta y nueve años y nunca imaginé que el día del cumpleaños de mi hijo sería el más frío de mi vida. Diego cumplía diecinueve. Había preparado una cena sencilla: tortilla, su tarta favorita y una vela torcida que encontré en un cajón. Llegó tarde, con olor a colonia fuerte…