El día que enterramos a mamá, mi padre ni siquiera se secó las lágrimas… porque no tenía. Desde la tumba caminó directo a una iglesia, acomodándose la corbata como si aquello fuera un ascenso. Cuando me quedé paralizada en la puerta, se inclinó hacia mí, y sus labios se curvaron en una sonrisa arrogante. —He esperado lo suficiente. La mujer a su lado sonrió como si acabara de ganar. Yo creí que nada podía doler más que ver a mamá apagarse… hasta que entendí por qué él tenía tanta prisa. Y lo que había hecho para asegurarse de que ella no regresara jamás.
El día que enterramos a mamá, mi padre no se secó las lágrimas, porque no tenía. Se quedó de pie frente al nicho como si estuviera esperando que alguien le diera permiso para irse. Yo, en cambio, temblaba. Me llamo Clara Rivas, y todavía recuerdo el olor a flores húmedas mezclado con el de la…