En la fiesta de Navidad de mis ricos suegros, mi suegra sonrió con dulzura mientras deslizaba unos papeles de divorcio sobre la mesa. «Fírmalo», susurró, mirando de reojo mi vientre embarazado. «Ese niño no es digno de ser heredero». La habitación se llenó de risas mientras me temblaban las manos. Pero cuando tomé el bolígrafo, pensé en una cosa que ellos no sabían: mi padre no viene solo por Navidad, es multimillonario. Y esta historia está lejos de terminar.
La cena de Nochebuena en la mansión de los Valcárcel siempre parecía un anuncio: candelabros impecables, copas que tintineaban como si el sonido también costara dinero, y un coro de risas perfectamente ensayadas. Yo, Laura Méndez, me senté al lado de mi esposo, Javier Valcárcel, con una mano sobre mi vientre de siete meses. Había…