Mi exmarido sonrió con suficiencia cuando me invitó. «Ven a mi boda», dijo, como si fuera un acto de caridad, como si yo siguiera siendo la chica sin un duro a la que dejó atrás. Así que fui. La capilla quedó en silencio cuando el rugido de un jet privado de un multimillonario pasó por encima, y mis tacones resonaron con firmeza mientras avanzaba por el pasillo central. «Mami», susurraron dos niños idénticos, aferrándose a mis manos. La sonrisa de mi ex se quebró. —Esos… no son míos —balbuceó. Me incliné hacia él y le devolví la sonrisa. —¿Seguro? Y fue entonces cuando las puertas se abrieron de nuevo.
Álvaro me llamó un martes a las siete de la tarde, como si no hubieran pasado cinco años desde el divorcio. Su voz sonaba ligera, casi divertida. “Ven a mi boda”, dijo. Lo remató con un silencio breve, calculado, como si me estuviera haciendo un favor. En mi cabeza apareció su última imagen: él saliendo…