Todavía escucho el sonido de la grava deslizándose bajo nuestros pies. Luego, la voz de mi hijo —demasiado tranquila, demasiado cerca—. El empujón llegó después. Mientras yacíamos destrozados al fondo del acantilado, con la sangre empapando la tierra, mi esposo se inclinó hacia mí y susurró: «No te muevas… finge que estás muerta». Ellos se alejaron riendo. Solo entonces me dijo la verdad… y comprendí que la caída no había sido la peor parte.
Todavía escucho el sonido de la grava deslizándose bajo nuestros pies aquella tarde gris en la sierra de Ávila. Habíamos ido a caminar como tantas otras veces: mi esposo Javier, nuestro hijo Daniel y yo, María Elena. No era un paseo improvisado; fue idea de Daniel, demasiado insistente para mi gusto. Desde hacía meses, su…