“No eres invitada, se rió mi hermana. Estás aquí para cuidar a mis hijos. Tragué saliva y sonreí. Por dentro, algo se rompió. Esa noche, mientras la casa dormía, susurré: ‘Esto se acaba ahora’. Cerré la maleta, cambié el código de la cerradura y me fui sin mirar atrás. Ellos pensaban que controlaban el viaje… pero no sabían quién tenía el final.”
Me llamo Lucía Moreno, tengo treinta y dos años y nunca pensé que un viaje familiar pudiera romper algo tan profundo. Todo empezó cuando mi hermana mayor, Clara, me propuso unas vacaciones en la costa. “Será bueno para todos”, dijo. Yo acepté, incluso pagué gran parte del alojamiento porque quería sentirme incluida. Desde el primer…