“—Ese asiento es de mi hija de verdad, lárgate.” Todavía siento el golpe en el pecho y el frío del suelo bajo la mesa de Navidad, con toda la familia mirándome en silencio. Nadie se movió. Nadie dijo mi nombre. Pero esa noche, mientras limpiaba la sangre de mi labio, tomé una decisión que él jamás imaginó. Cuando despertó al día siguiente… cuarenta y siete llamadas perdidas lo estaban esperando.
Me llamo Carmen Rojas, y durante años aprendí a ocupar poco espacio. A no hablar alto. A no sentarme donde no me invitaran. Aquella Navidad pensé, ingenua, que por una vez podía sentarme a la mesa como una más. Error. Mi padrastro, Javier Molina, llevaba semanas tenso. Desde que su “hija real”, Lucía, volvió a…