Lo único que me quedaba de mi difunto esposo era su reloj. Cuando desapareció, mi hija lo soltó sin pestañear: “¡Lo vendí! Necesitaba dinero para las vacaciones.” Sentí que el pecho se me partía. Llamé a la casa de empeños temblando, y la voz al otro lado susurró: “Señora… tiene que venir. Encontramos algo dentro del reloj.” Se me heló la sangre. ¿Qué escondía él… y por qué nunca me lo dijo?
Me llamo Lucía Ortega y, desde que Javier, mi esposo, falleció, vivía aferrada a un solo objeto: su reloj. No era caro, pero era lo último que olía a él. Una tarde, al abrir el cajón donde siempre lo guardaba, sentí un vacío frío: no estaba. Revisé la casa como una loca, moviendo ropa, cajas,…