La víspera de Nochevieja, puse un plato más en la mesa por costumbre, aunque sabía que nadie lo iba a ocupar. Mi hijo me miró desde el otro lado, levantó apenas la vista del móvil y dijo: “Luego hablamos, ¿sí?”. Lo dijo con la misma cortesía distante que se le dedica a un vecino del rellano. En ese instante entendí algo que llevaba años evitando nombrar.
El 31 de diciembre siempre ha tenido un silencio especial en esta casa. No es un silencio triste, o eso me repetía, sino uno de espera. La mañana transcurrió como tantas otras: fui al mercado del barrio, saludé al frutero de siempre, compré uvas aunque ya no seamos muchos para comerlas. Volví caminando despacio, observando…