Volví a casa antes de lo previsto, imaginando a mis hijas corriendo por el pasillo: “¡Papá!”, con los brazos abiertos y risas por todas partes. Pero la casa estaba en silencio, un silencio demasiado extraño. Cerca de la cocina escuché un sollozo pequeño y entrecortado. —Mamá… lo siento… —susurró una de ellas. La voz de mi esposa fue dura como un látigo: —¿Lo sientes? ¿Después de lo que hiciste? Entonces sonó algo húmedo y pesado: leche derramada. Doblé la esquina y me quedé helado. Un líquido blanco les goteaba del pelo, y sus hombros temblaban. Mi nueva esposa se giró y, al verme, se quedó horrorizada. Y en ese instante lo entendí: no sabía con quién me había casado.
Volví a casa antes de lo previsto, con la imagen de siempre en la cabeza: mis hijas, Lucía y Alba, corriendo por el pasillo, gritando “¡Papá!” y chocando contra mis piernas con esa alegría que te arregla un día entero. Había sido una semana pesada en el taller, pero traía helado en una bolsa térmica,…