Apareció en mi puerta temblando: mi hermana gemela. Venía cubierta de moratones que intentaba esconder bajo unas mangas largas. “No… no preguntes”, susurró. Pero yo pregunté. Y cuando supe que había sido su marido, se me heló la sangre. Esa noche, intercambiamos lugares. Él se acercó, engreído, murmurando: “¿Por fin aprendiste a comportarte?” Yo sonreí como ella… y contesté como yo: “No. Aprendí a morder”. Cuando se apagaron las luces, comprendió que la esposa a la que había roto… ya no era la que estaba en la habitación.
Abrí la puerta a las once y veinte y Sofía, mi hermana gemela, entró temblando. Llevaba una sudadera enorme y las mangas le tapaban hasta los nudillos. “No… no preguntes”, murmuró. Pero bajo la luz de la cocina vi el morado en su pómulo, otro en el cuello, y la marca roja de unos dedos…