Mi madre me escribió: “No llames. No vengas. Se acabó.” Yo contesté: “Entendido.” Creí que era el final… hasta que el reloj marcó medianoche. Mi móvil explotó: 27 llamadas perdidas, audios cortados, y un último mensaje que me heló la sangre: “Si abres la puerta, no soy yo.” Tragué saliva. Alguien acababa de tocar… y supe que esta historia recién empezaba.
Me llamo Lucía Martín y nunca olvidaré el mensaje que me mandó mi madre, Carmen, un martes a las 18:07: “No llames. No vengas. Se acabó.” Me quedé mirando la pantalla como si el móvil se hubiera equivocado de persona. Mi madre no era dramática; era de las que resuelven todo con una sopa caliente…