En la boda de mi hijo, gritó: «¡Fuera, mamá! Mi prometida no te quiere aquí.» Me alejé en silencio, conteniendo la tormenta por dentro. A la mañana siguiente, me llamó y dijo: «Mamá, necesito las llaves del rancho.» Respiré hondo… y le dije cuatro palabras que jamás olvidará.
El día de la boda de mi hijo Daniel amaneció claro y caluroso, como tantos otros en el pueblo. Me llamo Carmen Rodríguez, y durante treinta años trabajé la tierra para levantar el rancho familiar, El Encinar. No era solo tierra y ganado: era la herencia de mi difunto esposo y el futuro que siempre…