Compré una casita junto al mar para jubilarme en paz… hasta que mi hija llamó: “Mamá, quédate en el cobertizo unos días. Haré una fiesta. Si me avergüenzas, te mando a un asilo.” Me reí, pero por dentro algo se rompió. Esa noche oí música, risas… y luego un golpe seco. “¿Quién está ahí?”, susurró alguien en mi puerta. Yo ya tenía mi “regalo” preparado. Y lo que pasó después… nadie lo vio venir.
Compré una casita blanca junto al mar de Cádiz para jubilarme en paz. Me llamo Isabel Rojas, tengo sesenta y ocho años y, por primera vez en décadas, el silencio me parecía un lujo. La pagué con mis ahorros y con la pensión de viuda; cada pared me costó años de trabajo. Ese martes estaba…