Mi padrastro siempre actuó como si la casa que heredé de mi padre fuera suya. Pero el día que me dijo que “aquí mando yo”, algo se rompió. Lo eché a él y a sus hijos. Mi madre hizo las maletas y se fue con ellos. Ahora exigen que divida “la propiedad familiar”. Todavía veo la cara de Roberto cuando leyó la carta de desalojo y entendió que había perdido el control.
La casa olía a humedad y a recuerdos viejos. Las paredes todavía tenían las marcas donde mi padre colgaba los cuadros torcidos que tanto le gustaban. Cuando murió, el notario fue claro: la casa era mía. No “nuestra”. Mía. Yo tenía veintisiete años y una mezcla de duelo y miedo que me hacía dudar de…