Nunca olvidaré esa mañana. Javier, mi marido, despertó antes que yo y preparó un desayuno perfecto porque mis náuseas eran insoportables. Me miró con una ternura nueva y dijo: “Cómelo todo, te hará bien”. Yo, por puro reflejo de supervivencia, se lo di a su madre, Carmen, la mujer que me humilló durante años. Una hora después, cuando escuché el grito: “¡María, llama a una ambulancia ahora mismo!”, entendí que nada volvería a ser igual.
Llevaba semanas vomitando cada mañana. El embarazo me estaba pasando factura y, para empeorar las cosas, Carmen vivía con nosotros. Nunca me perdonó que su hijo se casara conmigo. Me llamaba inútil, exagerada, “dramática”. Javier solía quedarse callado, atrapado entre dos fuegos. Por eso aquella mañana me descolocó. El olor a pan tostado y manzanilla…