Me llamo Lucía Fernández, y nunca pensé que una herencia familiar pudiera romperlo todo en cuestión de minutos. La guitarra era mía. Me la había regalado mi abuela Carmen cuando cumplí dieciocho años, con una sonrisa cansada y las manos temblorosas. “Cuídala, hija, algún día entenderás por qué”, me dijo. Durante años la guardé en mi habitación de la casa de mis padres, porque confiaba en ellos. Ese fue mi primer error.
Una tarde volví antes del trabajo y noté algo raro. El estuche no estaba. Pensé que la habían movido, pero mi madre evitó mirarme. Fue mi padre, Javier, quien lo dijo sin rodeos: “La guitarra ya no está. La vendimos”. Sentí un golpe seco en el pecho. Pregunté por qué, a quién, cuándo. Entonces soltaron la cifra: 71.000 dólares. Me quedé sin aire.
Dijeron que el dinero era para algo “importante”: la nueva cocina de mi hermana María. Reformas, electrodomésticos, mármol italiano. Todo decidido sin mí. Les grité que no tenían derecho, que esa guitarra no era suya. Mi padre respondió frío: “Estaba en esta casa”. En ese momento entendí que nunca la habían considerado mía.
Corrí a ver a mi abuela. Cuando se lo conté, no gritó. No discutió. Solo se sentó despacio y empezó a llorar en silencio. Luego levantó la mirada y susurró: “Esa guitarra no era solo un recuerdo, Lucía… escondía algo que ellos no saben”. Sentí un escalofrío. Volvimos juntos a casa.
En el salón, mis padres seguían justificándose. Entonces mi abuela habló, con una voz débil pero firme. “La guitarra estaba registrada a nombre de Lucía. Legalmente. Y además…”. Se detuvo. Mis padres palidecieron. El silencio se volvió insoportable. Yo respiré hondo, porque lo que estaba a punto de salir a la luz iba a cambiarlo todo.
PARTE 2
Mi abuela sacó una carpeta vieja de su bolso. Dentro había documentos amarillentos, contratos y una copia de un testamento. “Esa guitarra perteneció a tu abuelo”, dijo mirando a mis padres. “Antes de morir, la valoraron expertos. No solo por su antigüedad, sino por su procedencia. Es una pieza histórica, y Lucía era la única heredera”. Mi madre empezó a negar con la cabeza. Mi padre no dijo nada.
Entonces vino la segunda bomba: la venta no había sido limpia. El comprador había pagado menos de la mitad de su valor real. El intermediario era un amigo de mi padre. Todo había sido rápido, sin papeles claros. “Habéis cometido un error grave”, dijo mi abuela. Yo sentía rabia, pero también una claridad nueva. Ya no era solo una traición emocional. Era legal.
Esa noche no dormí. Al día siguiente consulté a un abogado. Confirmó todo: la guitarra estaba a mi nombre y la venta podía impugnarse. Cuando se lo dije a mis padres, mi madre lloró. Mi padre explotó: “¿Nos vas a denunciar?”. No respondí. No quería destruir a mi familia, pero tampoco podía aceptar lo que hicieron.
Mi hermana María me llamó. Dijo que no sabía nada del origen del dinero, que ya habían empezado las obras. Le creí, pero eso no cambiaba nada. La tensión crecía. Mi abuela empeoró de salud por el estrés. Eso fue lo que más me dolió.
Decidí actuar. No por venganza, sino por respeto. Presenté la reclamación legal. El comprador exigió explicaciones. El intermediario desapareció. Mis padres se enfrentaron por primera vez a las consecuencias. Una noche, mi padre me pidió hablar. “Pensé que hacía lo correcto”, dijo. Yo solo respondí: “Pensaste en todos menos en mí”.
PARTE 3
El proceso fue largo, pero claro. El juez anuló la venta. Parte del dinero tuvo que devolverse. La reforma de la cocina quedó a medias. Mi padre asumió su error públicamente, algo que jamás pensé ver. No fue fácil convivir después de eso, pero se dijeron verdades que llevaban años enterradas.
La guitarra volvió a mis manos meses después, con marcas nuevas, pero intacta. Mi abuela la tocó una última vez. Sonrió. “Ahora ya sabes”, me dijo. Y sí, entendí. No era solo un objeto valioso. Era una prueba de que el amor también necesita límites.
No denuncié a mis padres penalmente. Elegí cerrar la herida sin destruirlos. Pero nada volvió a ser igual. Y quizá eso está bien. Aprendí que incluso la familia puede cruzar líneas, y que defenderse no te convierte en una mala hija.
Si has llegado hasta aquí, dime: ¿tú qué habrías hecho en mi lugar?
¿Habrías perdonado desde el principio o habrías luchado hasta el final?
Déjame tu opinión, porque a veces escuchar otras voces ayuda a sanar.




