A los nueve meses de embarazo, subí las escaleras de nuestro edificio en Vallecas como si cada peldaño me cobrara una deuda. Las bolsas del supermercado me cortaban las manos hinchadas; el sudor me bajaba por la espalda y el aire me salía a tirones. Había comprado lo básico: leche, arroz, algo de fruta, pañales “por si acaso”. Lo repetía en mi cabeza, como si la lista pudiera protegerme.
Empujé la puerta del piso con la cadera y me quedé clavada. En el salón, Sergio estaba con los auriculares puestos, el mando en la mano, riéndose con sus amigos por el chat de voz. La pantalla iluminaba su cara como un faro indiferente. Ni siquiera giró la cabeza cuando dejé las bolsas en el suelo.
—¿No sabes qué hora es? —ladró, sin quitar la vista del juego—. Vete a cocinar.
Sentí un pinchazo bajo las costillas, no sé si del bebé o de la rabia contenida. Tragué saliva.
—Estoy cansada… solo déjame descansar un rato.
Sergio se levantó de golpe, la silla rozó el suelo con un chillido. Se acercó con esa prisa que ya conocía, como si mi cansancio fuera una provocación.
—¡Deja de hacerte la víctima! —escupió.
No tuve tiempo de apartarme. La bofetada explotó en mi cara, caliente, humillante. Me zumbó el oído izquierdo y noté el sabor metálico de una lágrima mezclada con saliva. Él volvió al sofá como si nada, como si el golpe hubiera sido un gesto doméstico más, como apagar una luz.
Me agaché despacio para recoger las bolsas, con los dedos temblando. En la cocina, puse agua a hervir, corté verduras, encendí la plancha. Mis manos se movían en automático, pero mi mente estaba en otro sitio: en la ecografía pegada en la nevera, en la llamada de mi hermana Lucía la noche anterior, en el “no estás sola” que me había repetido hasta dormirme.
Cociné igual. Serví la cena en una bandeja y respiré hondo antes de cruzar el pasillo. Cuando la dejé sobre la mesa, Sergio abrió la tapa con un gesto triunfal, dispuesto a juzgar. Pero su sonrisa se deshizo. Se quedó pálido, de golpe, como si la sangre hubiera decidido abandonarlo.
Debajo de los platos, perfectamente doblados, estaban los papeles del divorcio. Y esta vez, yo no iba a rogar. Esta vez, me iba.
El silencio que siguió fue raro, pesado, como una manta mojada. El chat del juego seguía sonando de fondo: risas, insultos amistosos, disparos. Sergio parpadeó varias veces, mirando los papeles como si fueran una trampa.
—¿Qué es esto? —preguntó, más bajo.
Yo me llevé la mano a la mejilla. Ardía. Me dolía más la idea de acostumbrarme que el golpe en sí.
—Lo que no quisiste escuchar durante meses —dije—. Me voy, Sergio.
Él soltó una carcajada corta, falsa.
—¿Y a dónde vas a ir? Estás a punto de parir. No puedes.
Ahí estaba: su frase favorita, la jaula con forma de argumento. Me enderecé, apoyando una mano en la encimera para no perder el equilibrio.
—Puedo. Ya está decidido.
Sergio miró hacia el pasillo, como si buscara cámaras ocultas. Luego cambió de tono, esa voz melosa que usaba cuando temía perder el control.
—Venga, Ana… estás sensible. Lo de antes… fue un calentón. No lo vuelvas grande.
Me reí sin humor. “No lo vuelvas grande.” Como si mi cara, mi miedo, el bebé, fueran cosas pequeñas. Recordé el día que me empujó contra el marco de la puerta porque “había contestado mal”, y el siguiente, en que me trajo flores para que yo dijera “no pasa nada”. Recordé cómo había dejado de salir con mis amigas porque él se enfadaba; cómo había revisado mi móvil “por transparencia”; cómo, cuando el embarazo avanzó, su impaciencia creció con mi barriga.
—No estoy sensible —respondí—. Estoy despierta.
Él frunció el ceño y, por un momento, vi al Sergio real: el que se ofendía cuando yo decía “no”, el que entendía el amor como obediencia.
—Si sales por esa puerta, no vuelvas —amenazó.
—Eso es exactamente lo que quiero —contesté, y me sorprendió la firmeza.
Fui al dormitorio. La maleta ya estaba medio hecha desde la mañana: ropa cómoda, documentos, la carpeta del hospital, un body diminuto. Había aprendido a planear en silencio, como quien prepara una evacuación. Cuando abrí el armario, Sergio me siguió.
—¡Estás loca! —gritó—. ¿Quién te ha metido estas ideas? ¿Tu hermana?
No respondí. No le iba a dar un nombre al que culpar. Él intentó agarrarme del brazo; yo di un paso atrás y levanté la mano, no para golpearlo, sino para marcar un límite.
—No me toques. Voy a llamar a Lucía.
Su mirada titubeó. Él sabía que, si yo llamaba, dejaba de ser “nuestro asunto”. Y eso lo aterraba. Cogí el móvil con dedos fríos y marqué. Al escuchar la voz de mi hermana, se me aflojó algo en el pecho.
—Estoy saliendo ahora —dije—. Sí… me pegó. Sí, estoy bien. Ven.
Sergio quedó quieto, como si por primera vez entendiera que el mundo no terminaba en su salón y su consola. Mientras yo cerraba la maleta, él susurró, casi suplicando:
—Ana, no me hagas esto.
Yo lo miré, y no vi al padre que imaginé para mi hijo. Vi a un hombre que me había ido quitando aire.
—No te lo hago a ti —dije—. Lo hago por nosotros. Por mí. Por el bebé.
Cuando sonó el timbre y escuché los pasos de Lucía en la escalera, supe que el miedo ya no mandaba solo.
Lucía entró sin pedir permiso, con los ojos encendidos y la calma de quien llega preparada. Detrás venía Raúl, su pareja, cargando una bolsa grande y con el móvil en la mano, por si hacía falta llamar a alguien. No gritaban, no buscaban pelea. Solo estaban ahí, y esa presencia era un muro.
Sergio intentó sonreír, como si todo fuera un malentendido.
—Esto es una exageración —dijo—. Ana está nerviosa.
Lucía ni lo miró. Se acercó a mí y me tocó la mejilla con cuidado.
—Vamos, hermana —susurró—. Primero tú.
Yo asentí. El bebé se movió como recordándome el motivo. Sentí una contracción suave, o quizá fue solo el cuerpo soltando tensión. Agarré la carpeta del hospital y la maleta. Raúl se ofreció a cargarla, pero yo quise sostenerla unos segundos, como un símbolo: mi vida en una mano, mi decisión en la otra.
Sergio dio un paso hacia mí.
—Ana, no hagas drama delante de ellos.
—El drama lo hiciste tú —respondí, y por fin lo miré a los ojos sin bajar la vista—. Yo solo estoy poniendo un final.
Él se quedó inmóvil. No era arrepentimiento lo que veía, sino desconcierto: el desconcierto de quien pierde el mando. Mientras salíamos, Lucía dijo, firme y sin insultos:
—Si intentas contactar para amenazar o manipular, guardaremos todo. Y si te acercas, llamamos a la policía.
En la calle, el aire frío me golpeó la cara y, por primera vez en meses, me pareció limpio. Caminamos despacio hacia el coche. En el portal, la vecina del tercero, doña Pilar, nos observaba con esa mezcla de curiosidad y preocupación de barrio.
—¿Todo bien, Ana? —preguntó.
Yo dudé un segundo. Antes, habría mentido. “Sí, solo estamos…” Pero recordé lo que me dijo la matrona en una visita: “Nombrar las cosas también es cuidarse”.
—No, doña Pilar —dije—. Pero voy a estarlo.
En el coche, Lucía me pasó una botella de agua y me pidió que respirara hondo. Me llevó a su casa, donde ya habían preparado un sofá cama, comida sencilla y el número del centro de salud pegado en la nevera. Esa noche, mientras doblaba ropa de bebé en silencio, sentí miedo, sí, pero un miedo distinto: uno que ya no me paralizaba. Sabía que habría trámites, conversaciones difíciles, quizá lágrimas. Pero también sabía algo nuevo: yo podía elegir.
Antes de dormir, abrí el móvil y escribí un mensaje corto para mí misma: “No vuelvas a negociar tu dignidad”.
Y ahora te pregunto a ti, que has llegado hasta aquí: ¿qué harías en el lugar de Ana? Si esta historia te ha tocado, cuéntamelo en comentarios y compártela con alguien que pueda necesitarla; a veces, una sola conversación a tiempo cambia un destino.




