A los ocho meses de embarazo me movía despacio, como si cada paso llevara el peso de dos vidas. Me llamo Lucía Morales y esa tarde, en el piso de Vallecas, olvidé poner sal en la sopa. Fue un descuido mínimo, pero con Javier Ortega los descuidos se pagaban caro.
Llegó del trabajo con la corbata floja y el ceño listo para explotar. Probó una cucharada y, sin avisar, me dio una bofetada que me dejó zumbando el oído. Antes de que pudiera reaccionar, agarró el cuenco y lo volcó sobre mi cabeza. El caldo ardiente me empapó el pelo y me recorrió la cara y el cuello. “Inútil”, gritó. Mi bebé se movió, como si también quisiera esconderse.
No lloré. No supliqué. Me quedé quieta, mirando el suelo mojado, contando mentalmente mis respiraciones. Había llorado otras veces: cuando me llamó “carga”, cuando revisó mi móvil, cuando me prohibió ver a mi madre. Pero esa noche algo se apagó y, al mismo tiempo, algo se encendió.
Javier salió al balcón a fumar, como si lo ocurrido fuese normal. Yo fui al baño, me lavé con agua fría y me vi en el espejo con el pelo pegado a la frente. Me sorprendió la calma de mis ojos. Pensé: si hoy lo hace por sal, ¿qué hará mañana cuando el bebé llore y él no duerma?
Apreté el borde del lavabo y recordé el número de Ana, mi compañera de instituto, la única a la que Javier no conocía. Siempre me decía: “Si necesitas, me llamas, a cualquier hora”. No la había llamado nunca: por vergüenza, por miedo, por creer que todo mejoraría. Pero el bebé volvió a moverse y sentí que la decisión ya estaba tomada.
Busqué mi cartera en el cajón de los manteles. Allí estaba mi DNI, y también la libreta donde apuntaba, en secreto, fechas y frases. El teléfono vibró con un mensaje de Javier: “Limpia eso antes de que vuelva”. Lo leí sin temblar. Entonces marqué el número de Ana.
El tono sonó una vez, dos veces. Cuando oí su “¿Lucía?”, respiré hondo y dije: “Ana, necesito salir de aquí esta noche”. En el salón, Javier apagó el cigarro y el suelo crujió bajo sus pasos. El pomo de la puerta del baño empezó a girar.
No sé de dónde saqué la voz para hablar sin que se me notara el miedo. Le dije a Ana la dirección, le pedí que no viniera sola y que, si podía, llamara a un taxi en vez de traer su coche. “Vale, Lu, estoy contigo”, respondió sin hacer preguntas. Colgué y, cuando la manilla bajó, apagué la pantalla del móvil y lo escondí en el sujetador.
Javier abrió la puerta con un golpe. “¿Con quién hablas?”, soltó. Me acerqué al espejo, fingí que me retocaba el pelo mojado y dije: “Con mi madre. Se preocupó”. Mentí con una serenidad nueva. Él me miró de arriba abajo, como evaluando si valía la pena seguir. Al final resopló y se fue al salón. Oí la televisión subir de volumen.
Aproveché esos minutos como si fueran oxígeno. Metí en una bolsa de tela dos mudas, el cargador, la cartilla del embarazo, algo de efectivo y la libreta de notas. Me dolía la cara, pero me dolía más la idea de quedarme. En el pasillo, el ascensor tardaba una eternidad; así que bajé las escaleras, agarrada a la barandilla, sintiendo cada contracción falsa como un aviso.
En la calle hacía frío y yo temblaba con el abrigo abierto. Ana llegó con su pareja, Marcos, y en cuanto me vio no dijo “¿qué pasó?”, sino “sube, ya”. En el taxi, me envolvió una manta y me puso una botella de agua en las manos. “Primero, estás a salvo. Luego hablamos”, insistió. Yo asentí, incapaz de mirar por la ventanilla por miedo a ver a Javier detrás.
Fuimos a su casa, pero antes pasamos por urgencias. No quería denunciar; la palabra me parecía una pared. Sin embargo, la matrona me examinó, me escuchó sin juzgar y anotó el golpe, el estrés, mi presión alta. “Lo que te ha hecho es violencia. No es un ‘problema de pareja’”, dijo con firmeza. Me ofrecieron llamar a la policía allí mismo y a una trabajadora social.
Esa noche, con Ana a mi lado, acepté. Puse mi firma en un parte de lesiones y conté lo del bofetón, lo de la sopa, lo de las amenazas de quitarme al bebé. Un agente tomó nota con respeto y me explicó medidas: orden de alejamiento, recursos municipales, un teléfono de atención 24 horas. Cuando salí del hospital, el aire seguía frío, pero por primera vez no me pertenecía el miedo. Me pertenecía el siguiente paso.
Los días siguientes fueron una mezcla rara de papeleo y alivio. La trabajadora social me acompañó a pedir una plaza temporal en un recurso para mujeres, y el ayuntamiento tramitó una ayuda de emergencia. Ana me prestó una habitación, pero yo necesitaba un lugar donde Javier no pudiera aparecer “a hablar”. Con la denuncia, el juzgado dictó una orden de alejamiento provisional. No fue magia; fue un proceso: declaraciones, firmas, esperar en pasillos con luz blanca. Aun así, cada trámite era una puerta que se abría.
Javier me llamó desde números ocultos. Al principio me paralizaba, luego aprendí a no contestar y a guardar capturas cuando llegaban mensajes. Una tarde dejó un audio llorando, prometiendo cambiar. Al día siguiente escribió: “Te vas a arrepentir”. Esa montaña rusa ya no me confundía: era el mismo control con otra máscara. La abogada de oficio me lo explicó claro: “No estás obligada a negociar tu seguridad”.
A las dos semanas, en una visita al centro de salud, sentí contracciones reales. Ana me llevó al hospital agarrándome la mano en cada semáforo. Di a luz a una niña, Irene, con un llanto fuerte que me atravesó el pecho como una verdad nueva. Cuando me la pusieron sobre la piel, pensé en la sopa cayendo por mi cara y en lo cerca que estuve de normalizarlo todo. Irene respiraba tranquila, y yo también.
Con el tiempo, conseguí un alquiler pequeño con apoyo de una asociación. Volví a trabajar a media jornada en la gestoría donde estaba antes de casarme. No fue fácil: hubo noches de insomnio, revisiones médicas, y el peso de explicar sin dar demasiados detalles. Pero cada mañana, cuando empujaba el carrito por el barrio, notaba que el mundo tenía colores distintos.
Meses después llegó el juicio. Javier intentó parecer encantador, pero las pruebas estaban: el parte médico, mis anotaciones, los mensajes. La sentencia incluyó una orden de alejamiento más larga y medidas sobre la custodia. Salí del juzgado sin sentir victoria, sino algo más real: continuidad. Había un camino, y yo lo estaba andando.
Si has leído hasta aquí, quizá conoces a alguien como Lucía, o quizá eres tú. En España hay recursos y gente preparada para ayudarte, y hablarlo no te hace débil. Si esta historia te removió, cuéntame en los comentarios qué parte te tocó más o comparte el relato con quien creas que lo necesita: a veces, una sola conversación puede ser el primer paso hacia otro final.




