Entré a la tienda con el corazón congelado cuando el general me miró fijo y ordenó: “Di tu callsign. Ahora mismo”. Nadie se atrevía a respirar, y yo tampoco. Sabía que, si decía ese nombre, no habría vuelta atrás. “Si lo digo, todo cambiará”, susurré. Entonces golpeó la mesa y respondió: “Todo cambió desde que entraste”. En ese instante entendí que me llevaron allí por una razón imposible.
Cuando crucé la entrada de la carpa de mando en la base de Zaragoza, el aire olía a café recalentado, tela húmeda y tensión. Yo era la sargento Lucía Navarro, especialista en comunicaciones tácticas, y sabía perfectamente que nadie reunía a medio batallón a las seis de la mañana por un simple error administrativo. A…