Marcos, 34 años, diseñador freelance, llevaba tres meses diciendo que “estaba a punto de despegar”. Laura, 32, administrativa en una asesoría, había aprendido a asentir sin discutir. Diego, 35, amigo de ambos desde el instituto, era el rey de los podcasts motivacionales y los hilos “imprescindibles” de Twitter. Se reunían los jueves, cerveza en mano, como un ritual para no sentirse solos en Madrid.
Aquella noche, Marcos llegó tarde. No por trabajo. Por “un directo interesante”. Se sentó, pidió otra caña y empezó a deslizar el dedo por la pantalla. Laura habló de su jefe, de cómo le pidió quedarse una hora más. Diego interrumpió para mostrar un vídeo: “Mira esto, es brutal, te cambia la mentalidad”. Marcos ni miró.
Laura observó las manos de Marcos: rápidas, ansiosas, como si el mundo real fuera demasiado lento. Pensó en las noches en que él prometía avanzar con su portfolio y acababa “informándose”. Pensó en su propia excusa: llegar a casa agotada y perderse en historias ajenas para no pensar en la suya.
Diego defendía la multitarea como si fuera una virtud moral. “Estamos al día”, decía. “Antes no había tanta info”. Marcos levantó la cabeza, por fin. “Antes tampoco había tanta ansiedad”, soltó. Silencio incómodo. La camarera dejó las cañas y se fue.
Marcos respiró hondo. “No he enviado una sola propuesta esta semana”, confesó. “Pero he visto cuarenta vídeos sobre cómo conseguir clientes”. Laura apretó la mandíbula. Diego se encogió de hombros: “Es parte del proceso”.
Marcos miró a Laura con una mezcla de vergüenza y desafío. “¿Y si el proceso es la trampa?”, preguntó.
NO ESTAMOS CANSADOS: ESTAMOS DISTRAÍDOS POR CONSENSO SOCIAL.
Laura sintió un nudo en el estómago. Diego abrió la boca para responder… y el móvil de Marcos vibró. Un mensaje. Marcos dudó. Lo miró. Y sonrió.
El mensaje no era trabajo. Era un grupo de WhatsApp con memes sobre productividad. Marcos se rió. Laura no. “¿Te hace gracia?”, preguntó, sin levantar la voz. Diego intervino: “No exageres, todos desconectamos así”. Laura clavó los ojos en él. “¿Desconectar de qué, Diego? ¿De no hacer nada?”
La discusión subió de tono. Marcos se defendía: “No soy un vago. Estoy aprendiendo”. Laura respondió: “Aprender sin hacer es anestesia”. Diego acusó a Laura de ser rígida, de no entender los tiempos modernos. “La culpa es del sistema”, dijo. “Nos exprimen”.
Marcos golpeó la mesa. “No uses eso para justificarte”, espetó a Diego. “Yo también me cuento cuentos”. La camarera miró desde lejos. Nadie se levantó.
Laura lanzó la pregunta que llevaba meses guardando: “¿Cuántas horas reales has trabajado hoy?” Marcos miró el vaso. “Dos”. Diego se rió nervioso. “La vida no es una hoja de Excel”.
Entonces Laura cruzó una línea. “Mi padre tenía dos trabajos y no tenía tiempo para distraerse”, dijo. Diego respondió rápido: “Eso es romantizar el sufrimiento”. Marcos intervino: “No es romanticismo. Es responsabilidad”.
El dilema moral flotó pesado: ¿somos víctimas de un entorno diseñado para distraer o cómplices felices? Diego defendía la primera. “No se puede competir contra algoritmos”, insistía. Laura replicó: “Sí se puede elegir apagar el móvil”. Marcos se quedó en medio, partido.
La tensión explotó cuando Laura confesó: “Acepté un ascenso que no quería porque tú sigues ‘preparándote’”. Marcos palideció. “¿Cuándo?”. “Hoy”, respondió. “Y me dio alivio. Eso me asusta”.
Diego miró a Marcos con pena. “No puedes cargarle eso”, dijo. Marcos respondió: “Sí puedo. Me lo he ganado”. Sacó el móvil, lo puso sobre la mesa. “Mañana a las ocho envío diez propuestas. Si no, dejo el freelance”.
Laura negó con la cabeza. “Las promesas no cambian nada”. Diego añadió: “Eso es extremo”. Marcos miró a ambos. “Extremo es vivir informado y estancado”.
El móvil vibró otra vez. Marcos lo ignoró. Laura se levantó. “Me voy”, dijo. Marcos se levantó también. Diego se quedó sentado, mirando la pantalla encendida.
A la mañana siguiente, Marcos se despertó a las seis. No por disciplina, sino por ansiedad. El móvil estaba apagado. Lo encendió. Cincuenta notificaciones. Lo dejó boca abajo. Abrió el portátil. La primera propuesta tardó cuarenta minutos. Dudó, borró, reescribió. Envió. Sintió vértigo.
A las nueve, Laura estaba en la oficina. Miró el teléfono cada cinco minutos. No había mensajes de Marcos. Pensó en el ascenso, en el alivio culpable. Pensó en lo fácil que era culpar a la distracción ajena para no mirar la propia.
Diego, en cambio, pasó la mañana “poniéndose al día”. Publicó una historia sobre hábitos. Recibió likes. Se sintió validado. A las doce, vio un mensaje de Marcos: “¿Café?”. Dudó. Aceptó.
Se encontraron en un bar pequeño. Marcos estaba ojeroso, pero tranquilo. “Envié doce”, dijo. Diego levantó las cejas. “¿Y?”. “Dos respuestas. Una negativa. Una entrevista”. Diego sonrió. “¿Ves? El sistema no es el problema”. Marcos negó. “El problema es que yo lo usaba de excusa”.
Diego bajó la mirada. Confesó algo que nunca había dicho: “Tengo miedo de quedarme quieto sin ruido”. Marcos asintió. “Yo también”.
Por la tarde, Laura recibió un audio de Marcos. No era una promesa. Era un plan concreto. Horarios. Límites. Silencios. Laura no respondió de inmediato. A las siete, salió de la oficina y caminó sin auriculares. Le dolía el silencio. Sonrió.
Esa noche, los tres volvieron a verse. No hubo discursos. Marcos dejó el móvil en casa. Diego lo dejó en el bolsillo. Laura habló de su ascenso sin pedir permiso. Se rieron poco. Se dijeron verdades incómodas.
No fue un final feliz. Fue un inicio torpe. Al mes, Marcos no “despegó”. Pero trabajó. Diego dejó de compartir tanto y empezó a hacer. Laura aprendió a no anestesiarse con historias ajenas.
La distracción seguía ahí, elegante y accesible. La diferencia fue que, por primera vez, alguien decidió pagar el precio del foco. Sin aplausos. Sin notificaciones.
Si mañana nadie pudiera ver en qué te distraes, ¿qué harías con tu tiempo… y qué excusa ya no podrías usar?




