El bebé lloraba sin parar en el piso de arriba y grité: —¡Emily, ¿puedes atenderlo?! No hubo respuesta. Cuando llegué a la cuna, mis manos empezaron a temblar. Estaba vacía. Solo una nota en mi palma y una grabación de voz repitiendo mentiras a gritos. «Si quieres recuperar a tu hijo…» Fue en ese instante cuando lo comprendí: hay verdades que no llegan con suavidad.
Michael Turner llegó a casa poco después de las siete de la tarde, agotado tras un turno interminable en la empresa de logística donde trabajaba. Aparcó frente a la casa y notó algo extraño de inmediato: la luz del porche estaba apagada. Desde que nació el bebé, Emily nunca la dejaba así. Un mal presentimiento…