El día que tu casero te sonríe mientras te clava un puñal invisible, algo se rompe por dentro. No es una metáfora, es literal. Un martes cualquiera, café frío en la mano, WhatsApp abierto y ese mensaje que empieza con “oye, tenemos que hablar”, enviado desde un iPhone último modelo mientras tú miras el saldo y te dan ganas de llorar.
Madrid. Piso de 60 metros. Cuarto sin ascensor. Yo currando como un burro y pagando puntual, como un reloj suizo. Al principio todo normal, tío. Buen rollo, “si necesitas algo me dices”, sonrisa de casero moderno. Hasta que un día, sin previo aviso, empieza la fiesta. Subida “temporal” del alquiler. Luego una visita “rápida”. Luego otra. Y otra. Y cada vez menos disimuladas.
Primero fue el mensaje: que si el mercado, que si la inflación, que si “no te quejarás, que estás pagando barato”. Barato mis narices. Después, la visita sin avisar. Llamando a la puerta como si fuera su casa. Yo en pijama, flipando. “Ah, no sabía que estabas”, dice. Claro que no, campeón, porque no has avisado. Me muerdo la lengua. Vale. Trago. Necesito el piso.
Pero la cosa escala. Empieza a sugerir que igual debería ir buscando otra cosa. Que tiene “un primo” que lo quiere. Que si no me viene bien la subida, siempre puedo irme. Y ahí ya se me enciende algo por dentro. Porque no es solo el dinero. Es la sensación de estar a merced de alguien que sabe que tiene la sartén por el mango.
La gota gorda cae un viernes por la tarde. Me escribe: “Mañana paso a enseñar el piso. A las 10.” Sin preguntar. Sin permiso. Sin nada. Le digo que no, que no puede, que estoy dentro, que eso no es legal. Me responde con un audio largo, paternalista, con ese tono de “no te pongas así”, explicándome la vida. Que él es el dueño. Que si no me gusta, ya sé.
Ahí ya no es rabia. Es humillación. Es dormir mal. Es hablarlo con amigos y que todos tengan una historia peor. Es pensar: ¿cómo hemos normalizado esto? ¿Por qué siempre el abuso va hacia el mismo lado? Yo cumpliendo, pagando, cuidando el piso… y él jugando a ver hasta dónde puede apretar.
Esa noche dejo el móvil boca abajo. Me voy a dormir con un nudo en el estómago. Porque sé que al día siguiente va a pasar algo. Y no va a ser bonito.
Y AÚN NO SABÍA LO PEOR.
A las 9:55 ya estaba despierto. No había dormido una mierda. El ruido de la calle, la cabeza a mil, el corazón como si fuera a correr una maratón sin haber entrenado. Me hago un café, me siento en el sofá y miro la puerta como si fuera a entrar la policía. O algo peor: mi casero con su sonrisa falsa y dos desconocidos evaluando mi vida.
A las 10 en punto, llaman. Abro. Él entra sin esperar respuesta. Dos personas detrás. “Es solo un momento”, dice. Yo noto cómo me tiemblan las manos. Les digo que no pueden estar ahí. Que no he autorizado nada. Se encoge de hombros. Uno de los visitantes me mira incómodo. El otro evita la mirada. Yo soy el raro. Yo soy el problema.
Cuando se van, me quedo solo en el pasillo. Y ahí pasa algo. En vez de hundirme, me cabreo de verdad. Pero del bueno. Del lúcido. Del que te hace dejar de lamentarte y empezar a pensar. Llamo a un colega abogado. Le cuento todo. Se queda en silencio. Y me dice: “Tío, esto no es normal. Y no es legal.”
Ese mismo día me pongo a leer. Ley de Arrendamientos Urbanos. Foros. Casos reales. Descubro que no puede entrar sin permiso. Que no puede enseñar el piso así. Que la subida no toca. Que llevo meses tragando cosas que no debería. Y algo cambia. Por primera vez, no me siento pequeño.
Le escribo un email largo. Tranquilo. Educado. Pero firme. Citando artículos. Poniendo límites. Diciendo que cualquier visita será con preaviso y consentimiento. Que la subida no procede. Que, si continúa, tomaré medidas legales. Lo releo diez veces antes de enviarlo. Me sudan las manos. Lo mando.
Silencio. Un día. Dos. Tres. Yo esperando la represalia. El desahucio imaginario. El drama. Pero no. El cuarto día, responde. Corto. Frío. “De acuerdo. Avisaré con antelación. Hablamos en unos meses.” Y ya.
No volvió a aparecer sin avisar. No volvió a insinuar nada raro. La subida desapareció del mapa. Y yo, tío, empecé a respirar distinto. No porque ganara dinero, sino porque recuperé algo básico: dignidad.
Meses después encontré otro piso. Mejor. Más caro, sí, pero con un casero normal. Y al irme, el antiguo me devolvió la fianza sin pelear. Sin líos. Como si nada hubiera pasado. Como si no hubiera intentado pasarme por encima.
Y ahí entendí algo que me da rabia y calma a la vez: muchos abusos siguen porque el miedo nos deja mudos. Porque pensamos que no tenemos opción. Porque nadie nos explicó que también tenemos derechos. Que no somos invitados en nuestra propia casa.
No escribo esto para dar lecciones. Lo escribo porque sé que hay alguien leyendo esto ahora mismo, con un mensaje de su casero abierto, sintiéndose pequeño. Y no lo eres. Infórmate. Habla. Pon límites. A veces, solo a veces, funciona.
Y cuando funciona… flipas.
¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?





