«No estás casada, no mereces una casa», gritó mi madre. Cuando me negué a entregarle mis ahorros para dárselos a mi hermana, me prendió fuego al cabello. Lo que ocurrió después dejó a toda nuestra familia completamente conmocionada.
Nunca imaginé que una discusión familiar terminaría marcando un antes y un después en mi vida. Me llamo Lucía Hernández, tengo treinta y dos años y llevaba años trabajando como administrativa en una pequeña empresa de transporte en Sevilla. No estaba casada, no tenía hijos, pero había sido responsable desde joven. Ahorré cada euro con…