En nuestra audiencia de divorcio, mi esposo sonrió con arrogancia y se jactó en voz alta: —Por fin podré vivir de la fortuna de ella. Una risa recorrió la sala del tribunal. Yo no reaccioné. No dije nada. Simplemente deslicé un sobre hacia el juez y murmuré: —Por favor, revise la fecha de su firma. El juez se quedó inmóvil por un instante… y luego estalló en carcajadas. El rostro de mi esposo perdió todo color. En ese preciso momento, todo dio un giro inesperado… y la verdadera verdad estaba a punto de salir a la luz.
El día de la audiencia de divorcio llegó envuelto en un silencio tenso, apenas roto por el murmullo de abogados y el eco de pasos en la sala. Yo me senté recta, con las manos cruzadas sobre el regazo, mirando al frente. Mi esposo, Javier Morales, en cambio, parecía disfrutar cada segundo. Vestía un traje…