Me quedé paralizada junto a la puerta, con las llaves temblando en mi mano. “¿De verdad crees que soy egoísta?”, grité, sintiendo cómo la rabia me quemaba el pecho. “¡Esta es mi casa!” Nadie respondió, y ese silencio fue más cruel que cualquier insulto. En ese instante entendí que no era una discusión cualquiera. Era el comienzo de una ruptura que cambiaría todo… y aún no sabía hasta dónde llegaría.
Nunca pensé que una discusión tan simple podía convertirse en el punto de quiebre de mi vida. Me llamo Lucía Fernández, tengo treinta y dos años, y el departamento donde vivía esa noche lo había comprado con mis propios ahorros después de diez años trabajando como administrativa en Madrid. Eran casi las once cuando Álvaro,…