Era una mañana de Acción de Gracias y yo solo quería hacer una buena acción: pagar el café del coche que estaba detrás de mí. Entonces la cajera me susurró: “Señora… ese hombre la ha estado siguiendo durante tres días”. Sentí la sangre helarse en mis venas. Miré el retrovisor, lo reconocí al instante y grité: “¡No puede ser… es él!”. Pero lo peor apenas comenzaba.
La mañana de Acción de Gracias amaneció fría y luminosa en las afueras de Valencia. Yo, Lucía Ortega, llevaba tres noches durmiendo mal, aunque no quería admitirlo. Había empezado como una simple incomodidad: un sedán gris que veía demasiado seguido en sitios distintos, siempre a cierta distancia, siempre desapareciendo antes de que pudiera convencerme de…