Era Nochebuena y una mujer vendía bufandas para comprar la medicina de su nieto. Mi nuera susurró: “Dale cinco dólares y cierra la puerta”. Yo respondí: “¡Está helando! Cene con nosotras”. Ella se puso roja. En el postre, la mujer la miró fijo, sonrió como si supiera un secreto y soltó: “¿De verdad… no me reconoces?” El silencio cayó. Y entonces, vi el miedo en los ojos de mi nuera.
En Nochebuena, la ciudad estaba cubierta de un frío que mordía la piel. Yo, Marta, terminaba de poner la mesa cuando sonó el timbre. Al abrir, vi a una mujer de unos cincuenta y tantos, manos agrietadas y una bolsa con bufandas tejidas. Sus mejillas estaban rojas por el viento. —Perdone… ¿quiere comprar una bufanda?…