No imaginé que un funeral pudiera helarme la sangre… hasta que vi a aquella mujer junto al féretro. Me llamo Carmen Valdés y fui al velatorio de Rosa Medina, la madre de mi nuera Laura. La sala estaba llena de coronas, café rancio y familiares que no conocía. Laura se me acercó con los ojos secos, demasiado serena para el día que era, y me tomó del brazo.
—Carmen, te presento a Inés… mi hermana.
Me quedé quieta. En cinco años de conocer a Laura, jamás había oído una sola palabra sobre una hermana. Inés me sonrió como si ya me conociera, con esa confianza ensayada que usan los vendedores. Llevaba un vestido negro impecable y un bolso pequeño, caro. Noté que evitaba mirar el ataúd.
Durante la misa, Laura no lloró. En cambio, respondió mensajes en el móvil con el brillo de la pantalla reflejado en sus pupilas. Cuando el sacerdote pidió un momento de recogimiento, Inés se inclinó hacia ella y le susurró algo que no alcancé a oír. Laura asintió, apretó los labios y miró de reojo hacia mí.
Más tarde, fui al baño para lavarme la cara. Al cerrar la puerta de un cubículo, escuché sus voces al otro lado, bajas, apuradas.
—Ahora que mamá ya no está, nadie sabrá lo que hicimos —dijo Inés.
—Solo falta que Carmen no se entere —respondió Laura—. Si todo sale como lo dejamos, la culpa caerá donde tiene que caer.
Sentí un golpe en el pecho. Me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, y el ruido del agua del grifo me pareció un trueno. Cuando salieron, esperé unos segundos y luego me atreví a asomarme. No había nadie.
Volví a la sala con las piernas temblando. Laura estaba cerca de una mesa con documentos del tanatorio. Su bolso estaba abierto, como si alguien hubiera metido la mano a prisa. Me acerqué fingiendo que buscaba pañuelos… y vi un sobre blanco dentro, con mi nombre escrito a bolígrafo: “Carmen Valdés”.
Lo saqué con cuidado. Pesaba más de lo normal. Antes de abrirlo, escuché detrás de mí la voz de Inés, fría, pegada a mi oído:
—No deberías tocar eso.
Me giré, y en su mano vi mi cartera. En el mismo instante, Laura se acercó con un agente de seguridad del tanatorio, señalándome como si yo fuera una ladrona.
PARTE 2
El agente me agarró del codo.
—Señora, ¿qué está pasando?
Laura fingió indignación. —La vi rebuscando en mi bolso. Falta mi cartera y… —hizo una pausa dramática— desapareció el sobre con los papeles de mi madre.
Yo levanté las manos. —Tu bolso estaba abierto. El sobre tenía mi nombre. Y esa mujer… —señalé a Inés— tiene mi cartera.
Inés negó, tranquila, y dejó mi cartera sobre la mesa como si me hiciera un favor. —Se le cayó. Yo solo la recogí.
El guardia me miró con sospecha. Sentí la vergüenza subir por el cuello, pero me obligué a respirar. Abrí la cartera delante de todos: faltaba mi DNI y también mi tarjeta del banco. Al fondo, un compartimento estaba forzado.
—¿Ves? —dijo Laura, bajando la voz—. Siempre quieres ser la protagonista.
No discutí allí realmente. Pedí ir al despacho del encargado del tanatorio. Mientras el guardia llamaba, aproveché un segundo y abrí el sobre a escondidas. Dentro había copias de un testamento, una póliza de seguro y un formulario de cambio de beneficiario. El beneficiario aparecía como “C. Valdés”. Abajo, una firma temblorosa de Rosa Medina. En la esquina, un sello notarial borroso.
Se me heló la sangre por segunda vez: junto a los documentos había una nota: “Entregar a la policía. Sospecha de falsificación. Prueba: huellas en el sobre”.
En otras palabras, querían que yo cargara con todo.
Cuando salimos del velatorio, llamé a mi hijo Javier. Contestó agotado; estaba en el aparcamiento.
—Mamá, Laura dice que la estás atacando en pleno duelo.
—Javier, escucha: Rosa tenía una póliza y alguien cambió el beneficiario. Quieren que parezca que fui yo. Necesito que confíes en mí.
Hubo silencio. Luego: —¿Tienes pruebas?
Miré a Inés, que hablaba por teléfono a pocos metros, sonriente. —Las voy a conseguir.
Esa noche volví al tanatorio con una excusa: “olvidé mi abrigo”. El empleado nocturno me dejó pasar. En la sala de archivos vi un libro de entradas y salidas. Tomé una foto: Inés había firmado dos veces ese día, una a las 9:12, antes de que llegáramos, y otra a las 16:40, cuando “recogió documentación”.
Al salir, alguien me empujó contra la pared del pasillo. Un perfume caro y familiar me invadió.
—Deja de hurgar, Carmen —susurró Laura—. No sabes con quién te estás metiendo.
Sentí algo duro presionarme las costillas. No era una mano: era un objeto. Y ella lo apretaba con decisión.
PARTE 3
Me quedé rígida, sin gritar. En mi vida he visto suficiente miedo en los ojos de otros para reconocerlo en los míos. Laura retiró el objeto cuando oyó pasos; era un llavero metálico, de esos puntiagudos que venden como “defensa”. Sonrió como si nada y se alejó.
En casa, no dormí. A las seis de la mañana fui directa a la comisaría con lo que tenía: fotos del libro de entradas, el sobre, y mi relato de lo ocurrido. El inspector que me atendió, Herrera, no prometió milagros, pero sí registró la denuncia por amenazas y manipulación de documentos. Lo más importante: mandó el sobre a peritaje de huellas.
Ese mismo día contacté con una notaría del barrio donde Rosa supuestamente había firmado. El sello del documento era el de allí, pero la secretaria, al verlo, frunció el ceño. —Ese número de protocolo no corresponde —dijo—. Y esa firma… no se parece a la de doña Rosa. Si quiere, le hago un certificado.
Con ese certificado en la mano, llamé a Javier y le pedí que viniera solo. Nos sentamos en la cocina, sin Laura. Le mostré el papel y las fotos. Vi cómo su cara cambiaba, como si el peso de algo se le cayera encima.
—Entonces… —murmuró— ¿mi suegra nunca cambió nada?
—No así —respondí—. Y si lo intentaron, fue para cobrar dinero y echarme la culpa. Necesito que me ayudes a poner un límite.
Javier aceptó. Esa tarde le escribió a Laura pidiéndole ver “los papeles del seguro” por calma familiar. Ella mordió el anzuelo: quedaron en una cafetería. Yo estaba en una mesa al fondo, con el inspector Herrera a dos pasos, de civil.
Laura llegó con Inés. Traían una carpeta. En cuanto Laura la abrió para “demostrar” su versión, Herrera se levantó y se identificó. Inés intentó guardar el móvil, pero ya era tarde: en la pantalla se veía un chat con una foto del testamento y un mensaje: “Mañana lo dejamos en su bolso. Que parezca robo”.
Laura se puso blanca. —No es lo que parece.
—Claro que lo es —dije, por fin alzando la voz—. Y Rosa no merecía esto.
Entre preguntas, firmas y lágrimas reales, la verdad salió: Rosa había descubierto el plan semanas antes y avisó a un abogado. El sobre con mi nombre no era para inculparme… era una trampa para atrapar a quien lo moviera. Y ellas la habían activado.
Hoy sigo dolida, pero a salvo. Si te quedaste hasta aquí, cuéntame: ¿tú qué habrías hecho en mi lugar? Y si quieres la segunda historia de cómo intentaron “arreglarlo”, déjame un comentario y te la cuento.




