El pasillo de la iglesia se me hizo interminable. Las flores blancas olían demasiado dulces, la luz de la tarde entraba en diagonal por los vitrales, y la música del cuarteto sonaba como si viniera de otro lugar. Yo solo escuchaba la respiración de Bruno a mi lado. “Tranquilo, Bruno… todo está bien”, le susurré, apretando la correa con la mano enguantada. Pero su gruñido no se apagó: era bajo, tenso, un aviso que no le había oído nunca. Bruno era un mestizo grande, rescatado hacía dos años, noble con los niños y torpe en casa; si gruñía así, era porque algo no encajaba.
Al final del pasillo me esperaba Javier, mi prometido, impecable en su traje oscuro. Sonrió al verme, pero la sonrisa se le quedó fija, como ensayada. Me acerqué un paso más y Bruno se plantó en seco, el lomo erizado. Antes de que pudiera reaccionar, se lanzó hacia Javier con una fuerza que me arrancó el equilibrio. “¡Aparta a ese perro!”, gritó Javier, tirando hacia atrás, y el fotógrafo bajó la cámara sin entender.
Demasiado tarde. Bruno mordió la solapa, rasgó la tela y, en el forcejeo, algo golpeó el suelo con un sonido seco. Rodó por la alfombra blanca hasta quedar a la vista de todos: un vial diminuto, negro, sujeto con cinta bajo la camisa de Javier. El murmullo en los bancos se apagó de golpe. El padre Luis dejó de hablar. Mi madre se llevó la mano a la boca. Y yo me quedé mirando ese objeto absurdo, como si fuera una pieza equivocada en una foto perfecta.
Javier palideció. Intentó agacharse, pero Bruno volvió a gruñir, interponiéndose. “No es lo que parece”, dijo Javier, con la voz quebrada. Yo tragué saliva. “¿Qué es eso, Javier?” No contestó. Solo miró hacia la salida, como calculando distancias, como quien busca una puerta de escape.
Entonces escuché la frase que me heló la sangre, dicha casi en un suspiro: “No se suponía que encontraras eso”. Y, en ese instante, Bruno dejó de tirar de la solapa y clavó los dientes en el dobladillo de su camisa, arrancándola lo suficiente para revelar más cinta adhesiva… y otro pequeño paquete oculto.
El silencio se rompió con el llanto de una niña en la tercera fila. Yo aflojé la correa y abracé a Bruno por el cuello para que no siguiera atacando. “¡Bruno, basta!”, ordené, pero sin soltarlo de mi lado. Javier, con la camisa rota, levantó las manos como si fuera la víctima. “Se volvió loco, Clara. No sé qué le pasa”, insistió. Mi padrino, Diego, se acercó y recogió el vial sin tocarlo directamente, usando el pañuelo de su bolsillo.
Mi amiga Marta, que trabaja como enfermera en urgencias, dio un paso al frente. “No lo abras aquí”, dijo, y sus ojos se clavaron en Javier con una mezcla de alarma y certeza. “Eso parece un frasco de comprimidos de uso veterinario o de laboratorio… y está tapado con cinta para que no se note en un registro rápido.” El padre Luis intentó recuperar el control: “Hijos, por favor, calma. Podemos hablar fuera.” Pero yo ya no podía fingir serenidad. “Javier, dime la verdad. ¿Por qué lo llevabas oculto?”
Javier me miró, y por un segundo vi algo frío detrás de su pánico. “Es… es para mi ansiedad”, balbuceó. Marta negó con la cabeza. “Los ansiolíticos no vienen en viales negros sin etiqueta.” Diego, más práctico, sacó su móvil. “Voy a llamar a la policía. Y también a una ambulancia, por si alguien estuvo expuesto.” Varios invitados protestaron, otros se levantaron para irse. Mi madre me sostuvo el codo. Yo solo sentía el corazón golpeándome en las costillas.
Mientras Diego hablaba por teléfono, Bruno no apartaba la mirada de Javier. Cada vez que él hacía un gesto hacia el vial, el perro mostraba los dientes. Entonces recordé algo: la semana anterior, Bruno había rechazado una salchicha que Javier le ofreció “para ganárselo”. Me había reído. Ahora, esa imagen me revolvió el estómago.
Javier intentó aprovechar la confusión. Dio un paso hacia la puerta lateral, pero dos primos míos, Álvaro y Sergio, le cerraron el paso. “No vas a ninguna parte”, dijo Álvaro, tranquilo. En menos de diez minutos llegaron dos agentes de la Policía Nacional, alertados por la llamada y por el alboroto. Les expliqué lo ocurrido, con la voz temblorosa, y Marta añadió: “Si es lo que creo, puede ser peligroso incluso por contacto.”
Uno de los agentes se colocó guantes, tomó el vial y, al abrirlo con cuidado, mostró unas pastillas pequeñas, blancas, sin marca. “¿De quién es esto?”, preguntó. Javier bajó la vista. Su silencio fue una confesión. Y cuando el agente añadió que aquello podía encajar con un delito de tentativa si había intención de administrarlo, Javier se derrumbó, murmurando: “Yo… solo quería que firmaras. Solo eso…”
La frase me atravesó como un golpe. “¿Que firmara qué?”, le pregunté, y noté que mis manos temblaban más de rabia que de miedo. Javier respiró rápido, mirando a todos como si buscara compasión. Los agentes lo separaron de mí y le pidieron identificación. Diego, todavía con el pañuelo en la mano, encontró en el bolsillo interior del saco rasgado un sobre doblado. Dentro había copias de una póliza de seguro de vida a mi nombre, con Javier como beneficiario principal, y un documento de capitulaciones que yo…
“Esto es una locura”, sollozó Javier. Pero cuando el agente leyó en voz alta la cifra de la póliza y vio la fecha prevista para “el mismo día de la boda”, el ambiente cambió: ya no era un malentendido, era un plan. Marta me tomó de la muñeca. “Ese tipo de pastillas puede provocar un paro si se administra con alcohol o en dosis altas. Y hoy, en el banquete, todo el mundo brinda”, susurró. Sentí náuseas al imaginarme aceptando una copa “especial”, riéndome, confiando.
Los policías me hicieron preguntas rápidas. Yo recordé detalles que antes ignoraba: Javier insistiendo en que yo abriera una cuenta conjunta “por comodidad”, su interés repentino por mis ahorros, las llamadas que cortaba cuando entraba en la habitación. Uno de los agentes le pidió su teléfono para comprobar mensajes recientes. Javier se negó, pero el agente le explicó que, con indicios y denuncia, podían solicitar autorización judicial. Entonces Javier explotó: “¡Estoy ahogado! ¡Debo dinero! ¡Raúl me dij…”
Eso bastó. Los agentes le informaron de sus derechos y lo esposaron allí mismo. Escuché el clic metálico en un lugar que debía haber sido de promesas. Algunos invitados lloraron; otros se quedaron quietos, incapaces de mirar. Yo no lloré. Me agaché, miré a Bruno a los ojos y apoyé la frente en su cabeza. Él soltó un suspiro, como si por fin todo encajara.
Días después, el laboratorio confirmó que el contenido del vial era una sustancia tóxica de uso restringido y la policía abrió una investigación por tentativa. Mi vestido terminó guardado en una caja, con olor a incienso y a realidad. Aun así, cada vez que paseo a Bruno, pienso que la lealtad a veces llega en forma de gruñido.
Y ahora te pregunto a ti, que has llegado hasta aquí: ¿qué habrías hecho en mi lugar, y qué señal te habría hecho sospechar antes? Si te apetece, cuéntamelo en los comentarios y comparte esta historia con alguien que confíe demasiado: a veces una conversación a tiempo también salva vidas.




