Una semana antes de que mi hijo volviera del extranjero, fui a vaciar el trastero. Cuando ya me iba, el encargado —mi viejo amigo— me agarró del brazo y murmuró: «No dejes que tu hijo regrese. Jamás». En su móvil abrió las cámaras: en la unidad alquilada a mi nombre, alguien escondía algo que no debía existir. Sentí el aire desaparecer… y supe que esto apenas empezaba.

Me llamo Lucía Herrera y todavía me tiembla el pulso cuando recuerdo aquella tarde. Faltaba una semana para que mi hijo Adrián regresara de estudiar en el extranjero. Él me pidió un favor “rápido”: pasar por un trastero para recoger unas cajas con ropa y libros que, según él, no quería cargar en el viaje. Me pareció normal; Adrián siempre fue organizado, educado, el tipo de hijo que presume tu familia en las comidas. Llegué al complejo de guardamuebles de Vallecas, firmé en recepción y el gerente me reconoció al instante: Sergio Morales, un amigo de juventud al que no veía desde hacía años. Sonrió, me dio la llave y un mapa, y dijo que el box estaba “a nombre de Lucía Herrera”, como mi hijo había indicado.

El pasillo olía a cartón húmedo y metal. Abrí la persiana del box y vi cajas apiladas, una maleta vieja y un par de bolsas negras. Empecé a cargar lo evidente: libros, prendas dobladas, recuerdos de universidad. Pero algo no encajaba. Había una caja sin etiquetas, pesada, sellada con cinta nueva, demasiado cuidada para ser un simple trasto. También noté que la cerradura interna del box parecía recién cambiada. “Qué raro”, pensé, y decidí no tocar lo que no era mío. Cerré, devolví la llave y me dirigí a la salida con el carrito.

Fue entonces cuando Sergio me detuvo. No estaba sonriendo. Se acercó tanto que pude ver el sudor en su sien y el nudo apretado de su mandíbula. Me agarró del antebrazo, con fuerza, como si el tiempo se hubiera vuelto peligroso. Y susurró, casi sin voz: «Lucía… no dejes que tu hijo regrese. Jamás.» Me quedé helada. Intenté reír, preguntarle si era una broma, pero su mirada no tenía humor. Me condujo a una oficina lateral, cerró la puerta y sacó el móvil. “Mira esto y dime si conoces algo”, dijo. En la pantalla aparecieron capturas de las cámaras del pasillo: alguien entrando de madrugada al box… y luego, un fotograma claro del interior. En mi trastero, bajo mi nombre, había pasaportes alineados, fajos de billetes y una pistola envuelta en plástico. Y en el siguiente fotograma, el rostro del hombre que los colocaba me dejó sin aire: era Adrián.

PARTE 2: No recuerdo haberme sentado, pero de pronto estaba en una silla, con el estómago vacío y la garganta cerrada. Sergio no apartaba la vista de mí, como si temiera que me desmayara. “Lo siento”, repetía, “lo siento de verdad”. Le pregunté, tartamudeando, por qué no había llamado a la policía. Él bajó el volumen de la voz: “Porque el box está a tu nombre y, si esto explota, te van a señalar primero. Y porque… hay gente rondando el lugar desde hace semanas”. Me mostró más clips: un coche oscuro estacionado sin razón, dos hombres fingiendo revisar candados, una mujer con gorra apuntando con el móvil a las cámaras. Todo demasiado metódico.

Intenté justificar lo injustificable. “Tal vez Adrián lo guardó para alguien… tal vez lo chantajean…”. Sergio negó con la cabeza. Me explicó que el alta del trastero se había hecho online con mi DNI escaneado. “Tu firma también aparece”, dijo, y me enseñó el contrato digital. Yo no había firmado nada. Entonces entendí la primera puñalada real: mi hijo había usado mi identidad como escudo. Le pregunté si había visto a Adrián en persona. Sergio dudó un segundo y respondió: “Vino dos veces. La primera, amable. La segunda… con prisa. Preguntó por los ángulos muertos de las cámaras”.

En ese momento, mi teléfono vibró. Mensaje de Adrián: “Mamá, ¿ya recogiste todo? No abras ninguna caja cerrada. Confía en mí.” Las manos me sudaban tanto que casi se me resbala el móvil. Sergio me miró fijo: “¿Ves? Sabe que estás aquí”. Me levanté de golpe. Quise correr a casa, esconderme, llamar a mi hermana, hacer algo. Pero Sergio me detuvo otra vez: “Si te vas ahora, puede que te sigan. Y si llamas a la policía sin pensar, te pueden detener a ti primero. Necesitamos una salida limpia”.

Me propuso algo que sonaba cruel y, a la vez, lógico: fingir normalidad, no contestar a Adrián, y pedir asesoría legal inmediata. Tenía el contacto de una abogada, Claudia Ríos, especialista en delitos de suplantación. Mientras hablábamos, escuchamos un golpe metálico en el pasillo, como un carrito chocando. Sergio apagó la luz de la oficina y se asomó por la persiana. Dos sombras se detuvieron frente a recepción. Una voz grave preguntó: “¿Dónde está la señora Lucía Herrera?”. Sentí un pinchazo helado en la nuca. Sergio me susurró: “No eres la única a la que buscan”. Yo miré mi móvil otra vez y, como si el mundo quisiera rematarme, entró una llamada de Adrián. Contesté con la voz rota: “¿Qué está pasando?”. Del otro lado, él habló rápido, sin cariño, sin el hijo que yo conocía: «Mamá, sal de ahí ya. Si Sergio te mostró algo, te metió en un problema. No confíes en nadie… ni en mí.»

PARTE 3: Colgué y me quedé mirando la pantalla como si fuera de otra persona. Sergio no celebró haber tenido “razón”; parecía más asustado que yo. Me dijo que conocía a Claudia y que podía llegar en veinte minutos. Yo asentí, pero en mi cabeza solo había una pregunta: ¿quién era Adrián en realidad? El chico que yo abracé en el aeropuerto la última vez, el que me mandaba fotos de bibliotecas y cafés, ¿o el hombre del vídeo colocando pasaportes falsos y dinero en un trastero bajo mi nombre?

Claudia llegó puntual, con abrigo oscuro y gesto firme. Me pidió que respirara y me habló como se le habla a alguien que está a punto de caer: “Lucía, aquí lo importante es protegerte legalmente y físicamente. Tienes que documentar todo: contrato, vídeos, mensajes”. Nos explicó el plan con una claridad casi dolorosa: presentar denuncia por suplantación de identidad, solicitar medidas cautelares y entregar pruebas de inmediato para evitar que yo pareciera cómplice. “Pero cuidado”, añadió, “si hay una red detrás, pueden intentar presionarte para que retires la denuncia”. Miré a Sergio; él tragó saliva, porque sabía que no era una posibilidad, sino una probabilidad.

Mientras Claudia redactaba una declaración, Adrián volvió a escribir: “Mamá, si haces esto, me destruyes. Solo necesito una noche. Te lo explico cuando esté a salvo”. Le respondí con el corazón en la garganta: “¿A salvo de quién, Adrián? ¿De la policía o de la gente con la que trabajas?”. Pasaron tres minutos eternos sin respuesta. Luego llegó: “De ambos”. Ese “ambos” me partió en dos. Claudia me observó la cara y no preguntó; ya entendía.

Salimos por una puerta trasera, con Claudia al frente, Sergio cerrando todo y yo abrazando mi bolso como si fuera un salvavidas. En la calle, el aire frío me devolvió un poco de control. Claudia llamó a un contacto en comisaría y coordinó la entrega de pruebas sin que yo tuviera que exponerme. Antes de subir al coche, miré el edificio de guardamuebles por última vez y sentí algo que nunca había sentido por mi propio hijo: miedo.

Esa noche no dormí. Y todavía hoy me persigue la misma duda: si Adrián vuelve y me pide ayuda cara a cara, ¿qué pesa más… el instinto de madre o la verdad que vi en esas cámaras? Si tú estuvieras en mi lugar, ¿lo denunciarías sin mirar atrás o intentarías salvarlo primero? Te leo en comentarios: tu respuesta puede ser justo la que alguien necesita para tomar una decisión imposible.