Vine a Canadá a ver a mi hijo y entramos al súper. La cajera sonrió: «¿Otra vez, señora Collins? ¡Tercera vez hoy!». Me reí nerviosa: «Es mi primera vez aquí». Pero mi hijo se puso pálido, me agarró del brazo y susurró: «Mamá… vámonos, ¡ya!». En el estacionamiento, vi a una mujer idéntica a mí empujando otro carrito. ¿Quién era la “señora Collins”?

Vine a Canadá para visitar a mi hijo, Mateo, que llevaba años diciendo que “por fin” le iba bien. En el coche me habló de su trabajo, de “clientes importantes”, de lo caro que era todo allí. Yo solo quería verlo, abrazarlo, sentir que seguía siendo mi niño. Por eso acepté cuando dijo: “Mamá, vamos al súper, compramos algo para cenar”.

Entramos y todo parecía normal hasta que la cajera levantó la vista, frunció el ceño y soltó, con una familiaridad incómoda: «¿Otra vez, señora Collins? ¿Tercera vez hoy?». Me quedé helada. Yo no era “señora Collins”, ni mucho menos había estado allí antes. Intenté reírme: «Debe confundirme, es mi primera vez aquí». Pero Mateo no se rió. Se puso rígido, como si le hubieran apagado la sangre.

Noté el miedo en su cara, ese miedo de alguien que sabe exactamente de qué están hablando. Me apretó el codo, demasiado fuerte, y murmuró sin mirarme: «No digas nada. Paga y nos vamos». Yo, humillada y confundida, pagué lo primero que alcancé a agarrar. La cajera aún me miraba raro, como si yo estuviera actuando.

Salimos al estacionamiento y Mateo prácticamente me empujó hacia el coche. «Mamá, súbete», dijo. Yo me resistí. «Mateo, ¿qué está pasando? ¿Quién es la señora Collins?». Él tragó saliva, miró alrededor como si alguien nos estuviera siguiendo y susurró: «Por favor… vámonos, ahora».

Entonces la vi.

A unos metros, junto a un carrito lleno de bolsas, había una mujer con el mismo peinado que yo llevaba esa mañana, el mismo abrigo, incluso el mismo gesto al acomodarse el bolso. Solo que era más joven, más llamativa, y caminaba como si el mundo le perteneciera. Un guardia de seguridad se acercó a ella con el ceño duro. Ella levantó la barbilla, desafiante. Mateo dio un paso, pálido, y dijo apenas: «Valeria…».

Yo lo miré sin entender. La mujer giró la cabeza… y era como verme en un espejo cruel. En ese instante, el guardia se equivocó de objetivo, vino directo hacia mí, me agarró del brazo y gruñó: «Señora Collins, acompáñeme». Mateo gritó desesperado: «¡No, ella no!».

Parte 2
Me llevaron a una sala pequeña junto a la oficina del gerente. El guardia se disculpó a medias, pero seguía mirándome como si yo fuera una actriz mala. Yo temblaba, no de frío, sino de rabia. «¡Yo no soy esa mujer!», repetía. Mateo entró detrás, sudando, con los ojos rojos de ansiedad. Y Valeria… Valeria entró como si nada, cruzando las piernas con calma, mirándome de arriba abajo, copiando hasta mi forma de fruncir la boca.

El gerente abrió una carpeta. «Tenemos registro de tres visitas hoy con la misma cuenta de fidelidad: “Lucía Collins”». Cuando escuché mi nombre, se me cerró el pecho. «Además», añadió, «hubo devoluciones de artículos caros: perfumes, una cafetera, ropa de marca. Y una identificación escaneada en el sistema».

Mateo bajó la mirada. Yo lo agarré del brazo. «¿Mi identificación? ¿Qué hiciste con mis documentos?». Valeria soltó una risita corta. «No exageres, señora. Solo usamos lo que ya estaba a mano». “Usamos”. Esa palabra me atravesó.

El gerente puso un video en una pantalla. Allí estaba “yo” en la caja, hablando con la misma cadencia, mostrando una tarjeta, sonriendo. Era Valeria, pero con mis gestos, mi peinado, mi abrigo. Una copia ensayada. Yo sentí náuseas. Mateo murmuró: «Mamá, te lo iba a decir…». Yo exploté: «¿Cuándo, Mateo? ¿Después de que me esposaran?».

En ese momento entró un policía: el agente Ramírez. Habló con el gerente, tomó notas y luego nos miró a los tres. «Esto puede ser fraude de identidad. Necesito saber quién es el titular real del documento». Yo levanté la mano, furiosa. «Yo. Lucía Herrera. Española. Vine a visitar a mi hijo. No he hecho ninguna devolución en mi vida».

Mateo se derrumbó. «Estoy endeudado, ¿vale? Me metí en préstamos, en apuestas… pensé que podía recuperarme rápido. Valeria dijo que con devoluciones y reembolsos…». Yo lo interrumpí: «¿Con mi cara?». Él lloró. «Ella dijo que te pareces… que si se arreglaba el pelo, el maquillaje… nadie lo notaría. Y funcionó».

Valeria chasqueó la lengua. «Funcionó porque él me lo pidió», dijo mirándome fijo. «Y si yo caigo, él cae conmigo». Luego se acercó, bajó la voz y lanzó la puñalada final: «Además, señora… su hijo firmó papeles. Si la policía investiga a fondo, su nombre aparecerá en cuentas. ¿Quiere arruinarlo de verdad?».

Yo miré a Mateo y entendí el verdadero terror de su cara en la caja: no era miedo a que lo confundieran… era miedo a que yo descubriera hasta dónde había llegado.

Parte 3
Esa noche no dormí. No era solo la vergüenza de que me confundieran con una estafadora; era la sensación de haber sido usada como herramienta, como máscara. Al amanecer, le pedí a Mateo que se sentara conmigo en la cocina. Sin Valeria, sin excusas teatrales. Él llegó ojeroso, derrotado.

«Dime toda la verdad, Mateo. Todo», dije. Él respiró hondo. Me confesó lo peor: había abierto una línea de crédito con mi nombre “porque en Canadá mi historial no existe”, había puesto mi firma en una autorización para “gestionar asuntos familiares”, y había enviado fotos de mi pasaporte a Valeria. «Solo era para salir del bache», repetía. Yo no lo dejé escapar. «No fue un bache. Fue una decisión tras otra».

Llamé al agente Ramírez y pedí declarar formalmente. Mateo se agarró la cabeza. «Mamá, por favor…». Yo lo miré con una calma que me dolió más que cualquier grito. «Te voy a ayudar a enfrentar esto, no a esconderlo». Le conseguí un abogado, sí. Pero también entregué copias de mis documentos, fechas de mi viaje, y autoricé que revisaran cámaras y transacciones. No iba a cargar con su mentira.

El golpe final llegó al mediodía: recibí un correo del notario en Madrid preguntando si yo “confirmaba” una gestión sobre mi apartamento. Casi se me apagó el corazón. Mateo había intentado mover papeles para vender o hipotecar mi casa. Cuando lo enfrenté, se echó a llorar: «Pensé que no se iba a concretar…». Yo le quité el móvil de la mano y llamé al notario. Cancelé cualquier trámite, cambié claves, bloqueé cuentas, y le dije a Mateo lo que nunca imaginé decirle a mi propio hijo: «A partir de hoy, mi vida no es tu salida de emergencia».

Valeria intentó escribirme mensajes amenazantes, insinuando que “yo sabía” y que “podía manchar mi nombre”. Los guardé, los entregué también. La policía la citó. A Mateo le ofrecieron colaborar para reducir consecuencias, pero tuvo que asumirlo todo.

Cuando por fin nos quedamos solos, Mateo me miró con los ojos llenos de culpa. «¿Me odias?». Yo respiré. «No. Pero ya no confío en ti como antes. Y esa es la parte que más duele».

Ahora te pregunto a ti, de verdad: si fueras yo… ¿denunciarías a tu propio hijo para limpiar tu nombre? ¿O lo encubrirías por amor? Te leo en comentarios: ¿qué harías y por qué?