Nochebuena. La autopista estaba vacía, la nieve aullaba, y mi aliento se volvió hielo a -15°C. Derek redujo la velocidad del coche y, como si no fuera nada, dijo: “Ella también está embarazada. La elegí a ella.” Se me encogió el estómago alrededor de mi bebé de ocho meses. Busqué mi teléfono: desaparecido. La cartera: desaparecida. Él abrió la puerta. “Tu hijo fue un error.” Las luces traseras se desvanecieron… y entonces entendí que la tormenta no era lo peor que había ahí afuera.

Nochebuena. La autopista A-2 estaba casi vacía a la salida de Zaragoza, y el termómetro del coche marcaba -15 °C. La nieve golpeaba el parabrisas con un chillido fino, como si alguien arañara el cristal. Yo, Lucía Romero, acaricié mi vientre de ocho meses intentando calmar al bebé, que se movía nervioso con cada bache. A mi lado, Javier Delgado conducía con las manos tensas y la mandíbula apretada. Habíamos salido de casa de su madre discutiendo por una tontería, y él insistió en “dar una vuelta” para despejarnos.

El silencio se volvió pesado. Noté que Javier no miraba la carretera sino el reflejo de mis ojos en el retrovisor. Redujo la velocidad y, sin quitar la vista del asfalto, soltó una frase que me atravesó como un clavo: “Ella también está embarazada. La he elegido a ella”. Sentí que el estómago se me encogía alrededor del bebé, como si mi cuerpo quisiera esconderlo. “¿Qué dices?”, logré preguntar. Javier suspiró, como si estuviera explicando un trámite.

Dijo su nombre: Marta. Dijo que llevaba meses, que “se le había ido de las manos”, que con ella “todo era más sencillo”. Yo pensé en las ecografías, en el cochecito sin montar en el salón, en los mensajes de mi hermana preguntando por el plan de Año Nuevo. Las palabras me salían a trompicones: “¿Y nuestro hijo?”. Javier contestó, frío: “Fue un error”.

Busqué mi teléfono para llamar a alguien. El bolsillo del abrigo estaba vacío. Revisé el bolso: no estaba. Intenté respirar, pero el aire helado me raspaba la garganta. “¿Dónde están mis cosas?”. Javier señaló la guantera con un gesto vago. La abrí: nada. Mi cartera tampoco estaba en el bolso. Él se detuvo en el arcén, donde la nieve se acumulaba en montículos negros por la suciedad de los camiones.

Antes de que pudiera reaccionar, Javier desbloqueó mi puerta desde su lado. Un golpe de viento me azotó la cara. “Bájate, Lucía. No hagas esto más difícil”, dijo, y su voz sonó tan tranquila que me dio miedo. La nieve me llegó al tobillo cuando puse un pie fuera… y entonces él pisó el acelerador.

Las luces traseras se hicieron dos puntos rojos y luego desaparecieron entre la cortina blanca. Me quedé en medio del arcén con el corazón golpeándome las costillas y el bebé apretando hacia abajo, como si también buscara salida. Intenté correr, pero la nieve resbalaba y mis botas se hundían. Grité su nombre hasta quedarme sin voz; el viento se lo tragó todo.

La primera decisión fue simple: no podía quedarme quieta. El frío a -15 °C no perdona, y yo llevaba el abrigo abierto porque me ahogaba dentro del coche. Me lo cerré hasta arriba y me cubrí la cabeza con la capucha. A lo lejos, entre ráfagas, vi un reflejo intermitente: un poste de emergencia. Caminar esos cien metros me pareció una hora. Las manos se me entumecían, y cada paso era un recordatorio del peso de mi barriga.

Llegué al poste y apreté el botón con fuerza. Nada. Volví a apretar. Seguía mudo. “No, por favor…”, murmuré, sintiendo por primera vez el pánico real: Javier no solo me había dejado; había calculado que no pudiera pedir ayuda. Me obligué a pensar. En la cena, antes de salir, había visto su móvil encima de la mesa. Él siempre decía que se quedaba sin batería. ¿Y si también había apagado el mío? ¿Y si…?

Las contracciones comenzaron como un tirón bajo, irregular. Me doblé un segundo y respiré, tal como me enseñaron en las clases de preparación al parto. No era el momento de parir en la autopista. Empecé a caminar en dirección contraria al tráfico, pegada a la barrera, buscando cualquier señal de área de servicio. Pasaron dos coches en veinte minutos; ninguno se detuvo. Quizá no me vieron, quizá tenían miedo, quizá pensaron que era una imprudente.

Cuando las piernas ya me temblaban, un camión redujo la marcha. El conductor, un hombre mayor con acento de Huesca, bajó la ventanilla. “¡Señora! ¿Está bien?”. Yo levanté las manos como pude. “Estoy embarazada, me han abandonado. No tengo teléfono”, dije sin aire. Él miró alrededor, dudó un instante y luego abrió la puerta del copiloto. “Suba. Le pongo la calefacción. Soy Antonio”.

Dentro del camión, el calor me hizo llorar. Antonio me dio una botella de agua y una manta. Llamó al 112 desde su manos libres, explicó el kilómetro exacto y mi estado. Yo le conté lo mínimo, avergonzada de que mi vida se hubiera roto en una frase. Mientras esperábamos a la Guardia Civil, noté otro tirón: más fuerte. Antonio me miró serio. “Tranquila, Lucía. Llegarán. Y esto no se queda así”.

Las luces azules aparecieron como un alivio en mitad del vendaval. Dos agentes de la Guardia Civil se acercaron al camión, me preguntaron mi nombre y revisaron que estuviera consciente. Uno de ellos, el cabo Ruiz, tomó nota de lo que recordaba: la matrícula, el modelo, la discusión, la frase exacta. Cuando dije que mi teléfono y mi cartera habían desaparecido antes de que me echara, Ruiz intercambió una mirada con su compañera. “Eso ya no es solo una pelea de pareja”, afirmó con calma. “Vamos a acompañarla al hospital y luego formalizamos la denuncia”.

La ambulancia olía a desinfectante y a goma. Mientras me colocaban el cinturón, sentí una contracción larga que me arrancó un gemido. La sanitaria, Inés, me sostuvo la mano y marcó el ritmo de respiración. “Uno, dos, tres… suelta”, me repetía. En urgencias, me conectaron al monitor y confirmaron que aún faltaban semanas, pero el estrés había disparado el dolor. Me administraron un medicamento para frenar las contracciones y me dejaron en observación.

A la mañana siguiente, mi hermana Carla llegó con los ojos hinchados de no dormir. Me trajo un cargador, ropa y, sobre todo, esa sensación de que no estaba sola. “He hablado con mamá. Ya está de camino”, dijo. También vino una trabajadora social que me explicó mis opciones: denuncia por sustracción, por abandono en situación de riesgo, medidas de protección y asesoramiento legal. El cabo Ruiz volvió con una noticia: habían localizado el coche de Javier en un aparcamiento de un centro comercial, gracias a las cámaras de peaje y a una patrulla que lo reconoció. “Ha sido citado para declarar”, me informó.

No sentí victoria, solo una claridad nueva. Javier podía elegir a quien quisiera, pero no tenía derecho a poner mi vida y la de mi hijo en una ruleta helada. Firmé la denuncia con mano temblorosa y pedí que constara cada detalle. Después llamé a mi matrona y programé una revisión extra. Esa tarde, desde la ventana del hospital, vi cómo la nieve empezaba a aflojar. La tormenta no había sido lo peor; lo peor fue creer que el peligro venía de fuera y no del asiento de al lado.

Ahora estoy en casa de mi madre, preparando una llegada distinta, más humilde y más segura. Si has leído hasta aquí, dime: ¿qué habrías hecho tú en mi lugar? ¿Te ha pasado algo parecido o conoces a alguien que lo haya vivido? Cuéntamelo en comentarios y, si te sirve, comparte esta historia con alguien en España que necesite recordarlo: pedir ayuda a tiempo puede salvar vidas.