Me llamo Lucía Herrera y aquel sería nuestro 55.º Navidad juntos. Dos meses antes, mi esposo, Javier, murió de un infarto en la cocina, frente a la cafetera que él mismo insistía en reparar. La promesa que me había repetido durante semanas—“este año te voy a sorprender como nunca”—se quedó clavada en mí como una burla. El 25 por la mañana fui a la iglesia de San Roque buscando calma, con el abrigo azul que él me regaló el invierno pasado y el anillo que todavía me apretaba el dedo.
Al terminar la misa, mientras la gente se abrazaba en la puerta, una mujer de unos treinta y tantos, morena, elegante y con el pelo corto impecable, se me acercó sin titubear. “¿Doña Lucía?” Su acento era madrileño. Asentí, confundida. Ella me entregó un diario de tapas negras, nuevo, pesado, y dijo en voz baja: “Javier quería que lo tuviera hoy. Y me pidió algo: no se lo cuente a sus hijos.” Antes de que pudiera preguntar su nombre, ya se mezclaba entre la multitud.
Me senté en un banco del atrio con el corazón golpeándome las costillas. Abrí el diario. En la primera página, con la letra de Javier, estaba escrito: “¿De verdad creíste que no cumpliría mi promesa? Lee y sigue las instrucciones. Confía en mí. Y no le digas nada a Mario ni a Clara.”
La segunda página era un mapa dibujado a mano: una calle, un portal, un piso. Debajo, una hora: 12:30. Y una frase que me dejó sin saliva: “Allí está la parte de mí que nunca te conté.” El lugar quedaba a quince minutos de la iglesia, en un barrio que yo apenas frecuentaba.
A las 12:25 estaba frente al portal. El timbre decía “3.º B”. Subí en ascensor con el diario pegado al pecho. Toqué. Nadie abrió. Volví a tocar. Entonces la puerta se entreabrió sola, como si no estuviera bien cerrada. Entré despacio y vi una chaqueta de cuero colgada, dos copas sobre la mesa… y, en el sofá, una foto enmarcada de Javier abrazando a la misma mujer que me lo entregó. Y a su lado, un test de embarazo con dos líneas marcadas.
Parte 2
Me quedé helada, incapaz de respirar. Mis dedos mancharon el cristal del marco cuando lo levanté: Javier sonreía, con el brazo rodeando la cintura de ella. No era una foto antigua; llevaba la bufanda gris que yo le había tejido el otoño pasado. En la mesa, junto a las copas, había una carpeta con mi nombre: “Para Lucía”.
La abrí temblando. Dentro había un contrato de alquiler a nombre de Javier, firmado hacía ocho meses, para ese piso. También recibos de farmacia, notas de pediatra y un sobre con una ecografía. En el reverso, su letra: “Semana 10”. Sentí un mareo brutal. Javier, con 78 años, ¿planeando un bebé? Era absurdo… y, sin embargo, todo estaba allí, ordenado, real.
Oí un clic detrás de mí. Me giré. La mujer del atrio estaba en la puerta. “Soy Sofía Valdés”, dijo, con la mandíbula tensa. “No quería que usted entrara sola, pero él insistió.” “¿Qué es esto?” logré decir. Sofía tragó saliva. “La verdad.”
Me senté, porque las piernas ya no me sostenían. Sofía se quedó de pie, como si el suelo la quemara. “Conocí a Javier en una consulta”, empezó, señalando un diagnóstico de cardiología del año pasado. “Yo soy enfermera. Él venía solo. Un día se desmayó en el pasillo y… lo ayudé. Después insistió en agradecerme. Me invitó a un café. Y yo… me equivoqué.”
“¿Estabas con mi marido?” pregunté, directa. Sofía asintió. “No era por dinero. Yo trabajo, tengo mi vida. Pero él… estaba desesperado por ‘dejar algo vivo’, eso decía. Me habló de usted con cariño, de los 55 años, de cómo le pesaba haber sido un hombre orgulloso. Me juró que era un secreto temporal. Que iba a arreglarlo.” Hizo una pausa y añadió: “Me pidió que no se lo contara a Mario ni a Clara.”
Abrí el diario otra vez. En la tercera página, Javier había escrito: “Si estás aquí, es porque ya viste lo que duele. No busco excusas. Busco que entiendas por qué hice lo que hice. Y que decidas tú, no ellos.” Levanté la mirada hacia Sofía. “¿Y el test?” Sofía se abrazó el abdomen. “Perdí el embarazo hace tres semanas. Nadie lo sabe. Ni siquiera él llegó a enterarse. Esa fue la última vez que lo vi: el día que me llamó para decirme que tenía ‘un regalo’ para ti.” Yo sentía rabia y vergüenza a la vez, como si me hubieran arrancado décadas de recuerdos. “¿Por qué me lo entregas tú?” pregunté. Sofía bajó la voz: “Porque él dejó instrucciones claras… y porque yo también necesito que alguien me crea.”
Parte 3
Sofía me ofreció el diario abierto por la cuarta página. Allí Javier había pegado una llave y una nota: “Trastero 12, garaje -2. Lucía: abre sola.” Me negué a que Sofía viniera; necesitaba ordenar el golpe sin testigos. Bajé al garaje con el zumbido del ascensor como único acompañante. El trastero 12 olía a cartón húmedo y metal. Encendí la luz y vi tres cajas etiquetadas: “MARIO”, “CLARA” y “LUCÍA”.
En la mía había una carta larga, un sobre con documentos y una pequeña pulsera de plata, la que yo había perdido en 1998. La carta no era romántica; era brutalmente honesta. Javier confesaba la relación con Sofía, su miedo a morirse sin dejar nada “nuevo”, y su vergüenza por haberse sentido invisible en casa cuando Mario y Clara se fueron y nuestra rutina se volvió silenciosa. Pero lo que me desarmó fue lo siguiente: había firmado un seguro de vida adicional y había dejado, por escrito, que yo fuera la única beneficiaria. “No es para comprar tu perdón”, decía, “es para que no dependas de nadie cuando la verdad salga.”
En la caja de Mario y Clara no había dinero ni regalos. Había dos cartas separadas donde Javier les pedía perdón por la mentira y les rogaba no descargar su rabia sobre mí. También había copias de un correo en el que él mismo cancelaba el alquiler del piso y pagaba de su cuenta los gastos médicos de Sofía. Nada de herencias ocultas para ella. Solo responsabilidad.
Volví a subir con las cajas en el maletero del coche. En la calle, Sofía me esperaba, pálida. “No quiero nada”, dijo antes de que yo hablara. “Solo quería que usted supiera que no fui un plan.” La miré fijo. “Me rompiste la vida”, contesté, “pero él la rompió primero.” Aun así, le pedí una última cosa: “Desaparece de mi familia. Déjame decidir cuándo y cómo.”
Esa noche, con el árbol encendido y los platos preparados para mis hijos, escondí el diario en el fondo del armario. Serví la cena, sonreí por inercia, y escuché a Mario decir: “Papá habría estado orgulloso.” Sentí el estómago arder. Cuando Clara me preguntó si estaba bien, solo respondí: “Estoy aprendiendo a respirar.”
Ahora dime tú, en España: si estuvieras en mi lugar, ¿guardarías el secreto para proteger a tus hijos o abrirías las cajas y lo contarías todo? Te leo en comentarios, porque de esa respuesta depende el final que yo elija.








