Nadie bajaba al viejo sótano… hasta que mi hijo murió. Bajé temblando, decidida a donar sus cosas, y el polvo me mordía la garganta. En la última caja, hallé documentos con mi apellido, pero no su nombre. “¿Qué es esto?”, susurré. Entonces escuché una voz detrás de mí: “No debiste abrirla, mamá”. Me giré… y la luz se apagó. Lo peor no estaba en la caja: estaba esperándome.

Me llamo Laura Martín, tengo 39 años y llevo tres meses aprendiendo a respirar sin Mateo. Nadie bajaba al sótano de la casa familiar desde que mi padre enfermó; era el lugar donde guardábamos lo que “algún día” ordenaríamos. Ese día llegó después del funeral. Bajé con una linterna, guantes y una lista mental: ropa para donar, libros para repartir, recuerdos para guardar. El aire olía a cartón húmedo y a naftalina. Me repetía que hacerlo era un acto de amor, aunque cada escalón me pesaba como una confesión.

Encontré primero lo obvio: su mochila del instituto, camisetas dobladas, una caja con entradas de cine y una pulsera de hospital. Me senté en el suelo, lloré sin sonido y seguí, como si el movimiento me mantuviera viva. Debajo de dos cajas vacías apareció un archivador azul, demasiado “adulto” para un chico de 17. Lo abrí y vi papeles con mi apellido, contratos impresos, copias de DNI, extractos bancarios. Pero no aparecía el nombre de Mateo por ninguna parte.

“¿Qué es esto…?”, murmuré, sintiendo el estómago apretarse. Había un sobre con el logo de una gestoría y otro con la palabra “RECLAMACIÓN” subrayada en rojo. Leí rápido: una deuda a mi nombre, una línea de crédito que yo nunca pedí, y una dirección en Valencia que no conocía. Mi mano temblaba tanto que la linterna bailaba sobre las hojas.

Subí corriendo a la cocina, llamé a mi hermana Claudia y le dicté cifras. Ella se quedó en silencio y luego soltó: “Laura, eso no puede ser… ¿seguro que no firmaste nada con Javier?”. Javier, mi exmarido, llevaba años desapareciendo de nuestras vidas a ratos, siempre con excusas. Corté sin despedirme y llamé al banco. La operadora confirmó movimientos recientes, incluso dos días después de la muerte de Mateo. Sentí una punzada de rabia: alguien seguía usando mi identidad mientras yo aún llevaba el vestido negro en la mente.

Bajé otra vez al sótano, obsesionada con encontrar una explicación. Abrí la última caja, la que estaba al fondo, sellada con cinta nueva. Dentro había un móvil viejo envuelto en una camiseta y, encima, una nota doblada. La abrí y leí una sola frase, escrita con letra de Mateo: “Mamá, no confíes en papá. Si encuentras esto, corre.”

PARTE 2
No corrí; me quedé clavada, porque mi cuerpo no entendía cómo mover una tragedia más. Encendí el móvil. Tenía batería. Pedía un patrón y, por instinto, probé su fecha de nacimiento. Entró. El primer golpe fue ver mensajes enviados la semana anterior: números desconocidos, frases cortas, códigos. No era el lenguaje de un adolescente; era el de alguien que negocia. Abrí la galería: fotos de documentos, tarjetas, capturas de transferencias. Todo con mi nombre, mi dirección y mi firma… falsificada con una precisión escalofriante.

Subí, abrí el portátil y busqué la dirección de Valencia. Era un apartamento turístico. Llamé: contestó una mujer cansada que dijo haber alquilado “a un señor” hace meses, uno que pagaba en efectivo y cambiaba de número. Pedí el nombre. Ella dudó y soltó: “Se presentó como Javier Ruiz”. Sentí un vacío frío detrás del pecho, como si me arrancaran una verdad que yo no quería tocar.

Llamé a Claudia y esta vez no la dejé escaparse: “¿Tú sabías algo?”. Se quebró: “Mamá me dijo una vez que Javier tenía problemas… que le debía dinero a gente peligrosa. Pero pensé que era pasado”. Me ardieron los ojos. Mi hijo no era pasado; mi hijo era una puerta cerrada de golpe.

Fui a comisaría con el archivador. El agente, Sergio Navarro, me habló con una calma profesional que sonaba a distancia. Tomó nota, fotografió la nota de Mateo y pidió el móvil. Me miró directo: “Señora Martín, esto parece un caso de suplantación de identidad y posibles estafas. ¿Su hijo tenía acceso a sus documentos?”. Asentí con vergüenza: Mateo siempre encontraba mis papeles en el cajón, yo nunca imaginé para qué.

Esa noche, revisé la habitación de mi hijo con otra mirada. Detrás de un libro encontré una llave de taquilla y un recibo de un trastero. Fui al día siguiente. El trastero olía a pintura fresca. Dentro había una impresora, hojas de seguridad, sobres con tarjetas y un cuaderno con nombres. En el último folio, una lista y, al lado de mi nombre, la palabra “madre”. Era un mapa de víctimas.

Cuando salí, un coche negro se detuvo cerca. Bajó un hombre trajeado, elegante, demasiado seguro. “Laura”, dijo como si me conociera de siempre. “Soy Álvaro, socio de tu ex. No queremos problemas. Devuelve lo que Mateo cogió y todo se arregla”. Sentí que el mundo se estrechaba: mi hijo había estado en medio de algo grande, y yo era el último cabo suelto.

PARTE 3
No respondí a Álvaro. Guardé el cuaderno en mi bolso y caminé hacia mi coche sin correr, porque correr es admitir miedo y yo ya había gastado todo el miedo en el hospital. En casa, llamé al agente Sergio y le conté lo del trastero y el encuentro. Me dijo: “No toque nada más. Vamos a actuar”. Pero colgué y, aun así, seguí tocándolo todo: la vida se me había vuelto una escena del crimen y yo era la única testigo que quedaba.

Dos horas después, alguien golpeó la puerta. Era Javier. Llevaba barba de días, ojos hundidos y esa sonrisa tímida que antes me desarmaba. “Laura… lo siento”, dijo, intentando entrar. Me planté en el marco. “¿Qué le hiciste a nuestro hijo?”. Tragó saliva. “Yo no… yo solo pedí ayuda. Debía dinero. Álvaro me metió en esto. Mateo se enteró y quiso ‘arreglarlo’ por su cuenta”. Me temblaron las rodillas de rabia. “¿Arreglarlo falsificando mi firma? ¿Usándome como escudo?”

Javier se acercó un paso. “Mateo era listo. Quiso reunir pruebas. Me dijo que si la policía sabía, Álvaro caería”. Señalé la nota: “Entonces ¿por qué escribió que no confiara en ti?”. Javier bajó la mirada. “Porque yo… también mentí. Al principio me beneficié. Pensé que era temporal. Y cuando quise salir, ya era tarde”.

En ese momento sonó mi teléfono: el agente Sergio. “Laura, tenemos orden. Si Javier está con usted, reténgalo. No discuta”. Miré a Javier y vi lo que no había querido ver: un hombre dispuesto a sacrificar a cualquiera para salvarse. Él entendió mi silencio y sus ojos se llenaron de pánico. “No lo hagas”, suplicó. Y por primera vez, sentí que Mateo no me pedía que llorara, sino que eligiera.

Abrí la puerta de par en par y dije, firme: “Javier, si de verdad quieres hacer algo por tu hijo, cuéntalo todo”. Él se derrumbó en una silla. Cuando la policía llegó, entregué el móvil, el archivador, el cuaderno y la nota. Álvaro cayó esa semana; no por un golpe de suerte, sino porque mi hijo había dejado migas de pan para que yo encontrara el camino.

A veces me pregunto si Mateo fue víctima, cómplice o ambas cosas. Y ahí te lo dejo: ¿tú qué habrías hecho en mi lugar: denunciar al padre de tu hijo o intentar protegerlo? Si esta historia te removió, cuéntamelo en los comentarios: en España, muchas tragedias se esconden detrás de “es familia” y el silencio siempre cobra intereses.