PARTE 2
Tragué saliva. Martina dejó la mochila en el suelo como quien suelta una carga que ya no le pertenece. Su cara no mostraba culpa, sino una especie de cansancio. Yo quería gritar, llorar, pedir explicaciones, pero mi cuerpo eligió lo único que podía sostenerme: la calma.
—Martina —dije, con la voz más suave de lo que sentía—. ¿De quién hablabas en ese video?
Ella apretó la mandíbula.
—Da igual.
—No da igual si soy yo.
Me miró por fin, y ahí estaba: rabia.
—¿Quieres la verdad? En esa fiesta todos saben cosas que tú no quieres ver.
Mi corazón dio un salto.
—¿Qué cosas?
Martina se encogió de hombros, imitándome en una parodia que me dolió más que cualquier insulto.
—Que te haces la víctima. Que siempre es “Clara, la buena madre”. Pero no lo eres.
La frase me atravesó. Yo había trabajado doble turno, había renunciado a viajes, a relaciones, a todo lo que no fuera asegurarle un techo y un futuro.
—¿De dónde sale eso? —pregunté—. ¿Quién te lo dijo?
Martina desvió la mirada hacia su móvil, como si allí estuviera la respuesta.
—Papá.
Ahí entendí el hilo. Javier, mi ex, había aprendido a ganar sin ensuciarse las manos: insinuaciones, medias verdades, rumores cuidadosamente sembrados.
—Martina, tu padre y yo… —empecé.
—No —me cortó—. No me cuentes lo de siempre. Él me enseñó mensajes. Cosas tuyas. Audios. Dijo que tú lo manipulabas, que lo dejaste sin nada, que solo querías su dinero. Que hasta… —tragó— que te acostaste con alguien para conseguir el ascenso.
Me quedé sin palabras. El ascenso de hace dos años, el que me permitió pagarle las clases de inglés. Recordé la envidia en la oficina, los comentarios velados. Javier había convertido todo en un relato perfecto para ponerme contra mi hija.
—Martina, eso es mentira —dije, firme—. Y si él te mostró “pruebas”, quiero verlas.
Ella dudó un segundo, y esa duda fue la primera grieta en su muro. Sacó el móvil, abrió una carpeta de capturas y me lo puso delante. Mensajes con mi nombre, con frases que sonaban a mí… pero no eran míos. Eran montajes torpes, aunque para un adolescente podían parecer reales. Vi fechas imposibles, tipografías distintas, horas que no cuadraban. Sentí una mezcla de alivio y furia.
—Esto está manipulado —susurré.
Martina frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque conozco mis palabras. Y porque aquí hay errores. Mira: ese día yo estaba contigo en el médico.
Martina se quedó quieta. Por primera vez, vi miedo.
—Entonces… ¿papá me mintió?
Antes de responder, llegó otro audio de Lucía, esta vez más largo. Y un mensaje: “Clara, en el segundo clip no es solo Martina… sale Javier. Y sale Carla, la madre de su amiga. Lo estaban planeando”. Sentí que el suelo se movía. Martina leyó por encima de mi hombro y palideció.
—¿Planeando qué? —preguntó, casi sin voz.
Apreté el móvil y, con una decisión que me sorprendió a mí misma, dije:
—Vamos a escuchar lo que falta. Juntas. Y después, vamos a hacer algo con ello.
PARTE 3
Nos sentamos en la mesa de la cocina como dos desconocidas que comparten el mismo apellido. Le di play al audio de Lucía. Se oía ruido de fiesta, vasos chocando, música de fondo. Y luego, claramente, la voz de Javier:
—“Tranquila, Carla, lo importante es que Clara quede como la loca. Si Martina repite lo que le dije, el juez no le va a creer nada. Y con el video… ya está.”
Se me heló la nuca. Martina se llevó una mano a la boca, y sus ojos se llenaron de lágrimas que intentó contener con orgullo adolescente. La voz de Carla respondió, nerviosa pero cómplice:
—“¿Y si se entera? No quiero líos.”
Javier soltó una risa corta.
—“¿Entenderse? Ella solo reacciona. Siempre reacciona. Tú sigue empujando a Martina, que se canse de su madre. Y si hay que grabar más, grabamos. Lo subimos al grupo y listo.”
El audio terminó con un silencio pesado. Martina respiraba rápido, como si le faltara aire. Yo quería correr a abrazarla, pero sabía que primero necesitaba algo más difícil: una madre que no explotara, que no usara su dolor para ganar puntos.
—Lo siento —dijo Martina por fin, la voz rota—. Yo… yo me lo creí. Me daba vergüenza… y en la fiesta todos me miraban como si yo tuviera que elegir un bando.
Me acerqué despacio y le tomé la mano.
—No elegiste hacer daño por ser mala —le dije—. Te empujaron. Y a mí también. Pero esto se acaba hoy.
Esa madrugada hicimos tres cosas, con lógica y sin impulsos: guardamos copias del audio y del video en la nube y en un pendrive; escribimos una cronología con fechas verificables (médico, mensajes reales, horarios) para desmontar los montajes; y llamamos a Lucía para que, si era necesario, declarara de dónde salió el material. Martina, temblando, me pidió una cosa:
—¿Vas a odiarme?
La miré a los ojos.
—Voy a odiar la trampa. A ti te voy a recuperar.
Al día siguiente pedí cita con mi abogada y con la orientadora del instituto. No para “castigar” a Martina, sino para protegerla del juego de adultos en el que la habían metido. Antes de salir de casa, ella me detuvo en la puerta.
—Mamá… si él intenta volver a manipularme… ¿me lo vas a decir todo? ¿Sin filtros?
—Sí —respondí—. La verdad, completa. Y tú también.
Si esta historia te ha removido, dime: ¿qué habrías hecho tú en mi lugar: enfrentarte a Javier de inmediato o reunir pruebas en silencio primero? Te leo, porque a veces una decisión cambia una vida… y quiero saber cómo lo ves tú.








