Una hora antes de mi boda, en el Hotel Mirador de Sevilla, todavía con los rulos puestos y la bata blanca, me escapé al pasillo para respirar. El maquillaje me apretaba la cara y el corazón me iba más rápido que la peluquera. Llevaba meses organizándolo todo: quinientos invitados, un cuarteto de cuerda, flores traídas de Cádiz y un banquete pagado, en gran parte, con el dinero que mi padre había dejado en un fondo a mi nombre. Yo, Marta Herrera, quería casarme por amor con Diego Salas. O eso creía.
Al doblar la esquina que daba al salón privado de los Salas, escuché voces. Reconocí la de Diego, baja, pegada al oído, como cuando promete cosas en secreto. Me quedé quieta, por pura curiosidad, y entonces oí la frase que me quitó el aire: “Mamá… yo no la quiero. Solo quiero el dinero”. Hubo un silencio breve y luego la carcajada de su madre, Carmen Salas, fría como una copa de cava. “Pues manténla emocional, hijo. En cuanto firmemos lo de los activos, ya veremos. Ella es débil”.
No lloré. Me apoyé contra la pared, contando hasta diez para no entrar a gritos. Apreté el móvil en el bolsillo y, con un pulso que no sabía que tenía, llamé a Lucía, mi prima y abogada. Le resumí lo justo. “Hazlo legal, Marta”, me dijo. “No improvises. Si van a por tu patrimonio, te proteges con pruebas”. Miré mi ramo, que aún estaba sobre una mesa auxiliar, y se me ocurrió la idea más sencilla: escucharían su propia voz.
Bajé a recepción con una calma que parecía mentira. Pedí al técnico de sonido un micrófono de solapa “por si el vestido rozaba demasiado” y se lo metí entre las flores del bouquet, junto al encaje. Después, fui a la suite, me puse el vestido y sonreí a mi madre como si nada. Cuando la música empezó, caminé hacia el altar con la espalda recta y la grabación ya corriendo, oculta, esperando su momento.
Y al llegar frente al sacerdote, con quinientas miradas clavadas, supe que no me quedaba boda… me quedaba escena.
El sacerdote, don Álvaro, hablaba de compromiso, de respeto y de “caminar juntos”. Diego me miraba con esa sonrisa de anuncio, la misma que había usado para convencerme de ampliar la lista de invitados y de incluir a su madre en cada decisión. Carmen, sentada en primera fila, llevaba un vestido azul marino y una mirada de dueña del lugar. Yo sostenía el ramo con ambas manos; notaba el peso del micrófono como si fuese una piedra caliente.
Cuando llegó el momento, don Álvaro preguntó: “Marta, ¿aceptas a Diego como tu esposo, para amarlo y respetarlo…?”. Hubo un murmullo suave de cámaras preparándose. En lugar de responder, di un paso hacia el atril donde estaba el técnico de sonido. Habíamos hablado cinco minutos antes: le pedí que conectara “un audio sorpresa” a los altavoces del salón. Él pensó que era un mensaje romántico. Yo le entregué el cable del receptor con una sonrisa impecable.
“Antes de contestar”, dije, “quiero que todos escuchen algo que acabo de descubrir”. Mi madre abrió los ojos, y Lucía, al fondo, asintió apenas. Diego frunció el ceño. Carmen cruzó las piernas, confiada, como si nada pudiera tocarla.
El salón se llenó, de golpe, de la voz de Diego: “Mamá… yo no la quiero. Solo quiero el dinero”. Un “oh” colectivo recorrió las mesas. Luego sonó la risa de Carmen: “Manténla emocional… en cuanto firmemos lo de los activos… ella es débil”. La frase rebotó en el techo del hotel como una bofetada. Diego se quedó blanco, la mandíbula abierta, buscando el altavoz como si pudiera apagarlo con la mirada. Carmen se llevó una mano al pecho, no por emoción sino por rabia, y se levantó de golpe.
“¡Esto es una trampa!”, gritó ella, señalándome. “¡Eso está manipulado!” Yo no me moví. Miré al sacerdote y después al notario que yo misma había invitado “por protocolo”, sentado en un lateral. “No hay manipulación”, dije. “Y no habrá firma de nada. Hoy no”.
Diego dio un paso hacia mí, bajando la voz para que solo yo lo oyera: “Marta, por favor, hablemos”. Le sonreí, igual que él me había sonreído tantas veces. “Claro”, respondí en alto. “Hablemos delante de todos”. Entonces hice una seña al jefe de seguridad del hotel, al que Lucía ya había avisado. Dos guardias se acercaron. Carmen intentó agarrar el brazo de su hijo, pero uno de los hombres la apartó con educación firme.
Cuando los escoltaron hacia la salida, el murmullo se convirtió en silencio espeso. Diego, caminando entre los pasillos de sillas, me miró por última vez: una mezcla de vergüenza y miedo. Y yo, con el ramo aún en la mano, respiré como si por fin tuviera aire.
Los minutos siguientes fueron raros, como cuando se apagan las luces de un teatro y nadie sabe si aplaudir. Mi padre, que había llegado desde Córdoba esa mañana, me abrazó sin decir nada, y mi madre se sentó en una silla con las manos temblando, intentando asimilar que la boda se había convertido en un juicio público. Don Álvaro cerró el misal con delicadeza, como si así pudiera cerrar también el escándalo, y el cuarteto dejó de tocar a mitad de una pieza.
Yo pedí el micrófono de mano y hablé despacio. “Sé que habéis venido a celebrar”, dije. “Perdonadme por esto, pero hoy he tenido que protegerme”. No quise humillar a nadie más; con decir la verdad bastaba. Lucía se acercó y, con la discreción de quien ya ha pasado por batallas, me entregó un sobre con tres documentos: la revocación del poder que Diego tenía para “gestiones”, la cancelación de la cita con el notario para firmar el régimen económico que su madre me había presionado a elegir, y la solicitud de anulación del preacuerdo de capitulaciones que me habían puesto delante.
Algunos invitados se levantaron y se fueron sin mirarme; otros se quedaron, incómodos, pero al final mi tía Pilar rompió el hielo con un “pues ya está, hija” y se acercó a darme un beso. Poco a poco, la tensión se aflojó. El jefe de sala me preguntó si quería cancelar el banquete. Yo miré a mi familia y a mis amigos más cercanos. “No”, respondí. “Que nadie pague por la ambición de dos personas”.
Esa tarde comimos igual, pero de otra manera: sin vals, sin brindis de pareja, sin el guion que yo había imaginado. Hubo risas nerviosas, anécdotas y hasta un par de chistes malos para aliviar. Y, cuando por fin me quedé sola en mi habitación, me quité los tacones y lloré lo que no había llorado en el pasillo. No por Diego, sino por la Marta que se había esforzado tanto en creer.
Dos semanas después, recibí un burofax de Carmen. Pedía “reparación por difamación”. Lucía contestó con la grabación, las testigos y una denuncia por intento de estafa. No volví a saber de ellos; y si su orgullo se rompió, no era mi responsabilidad arreglarlo.
Ahora, cuando alguien me pregunta si me arrepiento de haber puesto aquel audio delante de quinientas personas, siempre pienso lo mismo: el amor no se demuestra con promesas, sino con respeto. Y tú, si hubieras estado en mi lugar, ¿habrías hecho lo mismo o lo habrías resuelto en privado? Cuéntamelo, que me interesa leer cómo lo ve la gente aquí en España.





