Me llamo Claudia Navarro y vivo en Burnaby, a las afueras de Vancouver. A veces la gente cree que el duelo se “supera”, como si fuera un trámite. En mi caso, el duelo se volvió rutina: café sin azúcar, trabajo mecánico, y una silla vacía en la mesa que nadie se atreve a mover. Sofía, mi hija adoptiva, murió a los 16 en un accidente de coche. Lo repito con la frialdad con la que uno repite una contraseña, porque si lo digo con el corazón, me rompo.
Aquella tarde sonó el teléfono con un número desconocido. Contesté por costumbre.
—¿Hola?
Y entonces me quedé sin aire. La voz al otro lado tenía la misma cadencia, la misma manera de aspirar antes de hablar, esa “s” suave que Sofía arrastraba cuando estaba cansada. El mundo se inclinó. Sentí que el móvil me resbalaba entre los dedos.
—Disculpe, la llamo por su plan de seguro médico…
Tragué saliva.
—¿Quién eres?
—Soy Marta Ríos, del departamento de verificación.
El apellido me golpeó como una puerta cerrándose: Ríos era el de una amiga de juventud a la que no veía desde España.
Me aferré al borde de la encimera.
—No… Tu nombre completo.
—Marta Ríos Álvarez, señora. ¿Se encuentra bien?
—¿Cuándo naciste? —solté, sin pensar, con una urgencia ridícula.
Hubo un silencio breve, como si consultara una ficha.
—6 de septiembre de 1984. ¿Por qué lo pregunta?
Ese día era el cumpleaños de Sofía. Mi pecho se apretó. La vista se me nubló.
—¿Dónde trabajas?
—En un call center en Vancouver, en Kingsway. Señora… ¿está llorando?
Colgué sin despedirme. Mis manos temblaban tanto que casi no podía coger las llaves. Me repetí: no es Sofía, es imposible, son datos, coincidencias. Pero el temblor no se iba. Conduje como si alguien me persiguiera, sin música, sin respirar, con una sola idea clavada: escuchar esa voz cara a cara.
Cuando aparqué frente al edificio, vi el logo de la empresa en la fachada. Entré, ignorando al guardia. Subí al segundo piso guiada por el zumbido de decenas de auriculares. Y antes de que pudiera hablar, oí detrás de un biombo una voz idéntica a la de mi hija decir, con tono profesional:
—“Señora Navarro, un momento, por favor…”
PARTE 2
Me quedé congelada. Mis rodillas cedieron un segundo y me apoyé en una columna para no caer. La sala olía a café recalentado y desinfectante barato. Una supervisora se acercó con cara de “¿qué problema trae esta señora?”.
—¿Puedo ayudarla?
—Necesito hablar con la persona que acaba de decir “Señora Navarro”. Ahora.
La supervisora dudó, pero mi expresión debió asustarla. Me condujo a un cubículo. Allí estaba una chica de unos veintitantos, pelo oscuro recogido, ojos cansados. En su placa ponía Valeria Santillán. Cuando me vio, frunció el ceño.
—¿Claudia Navarro? —preguntó.
La voz era parecida, sí, pero de cerca noté diferencias: otra respiración, otro ritmo. Mi cabeza se resistía a aceptarlo.
—No… —murmuré—. Tú dijiste mi apellido como lo decía mi hija.
Valeria tragó saliva.
—Señora, yo solo leo el guion y lo que aparece en pantalla. Si le incomodé, lo siento.
—¿Cómo sabes mi nombre completo? ¿Cómo sabes mi plan? ¿Quién te dio mi historial?
La supervisora intervino:
—Es un servicio de verificación externa, datos autorizados por el proveedor.
Yo golpeé el escritorio con la palma.
—¡Mi hija murió! ¡Y su voz está aquí!
Valeria se quedó blanca. Apartó el micrófono y bajó la voz.
—Señora Navarro, espere… ¿su hija se llamaba Sofía?
Se me heló la espalda.
—¿Cómo lo sabes?
Valeria giró el monitor hacia mí. Había una pestaña abierta llamada “Herramienta de asistencia”. En un panel lateral aparecían opciones de “tono”, “idioma” y, para mi horror, algo que decía: “Voz recomendada: SOFIA_NAVARRO_2003.wav”. Sentí náuseas.
—Eso… eso no puede estar —susurró Valeria—. Nosotros usamos voces “neutras”, de biblioteca.
La supervisora, por primera vez, perdió el control.
—¿Qué es ese archivo?
Valeria entró al historial de la llamada. Había un enlace a un proveedor externo de “optimización de contacto”. “Personalización de interacción por voz”, decía.
—Esto lo instaló IT hace meses —explicó—. Prometían mejorar conversiones. A veces el sistema sugiere una voz según… según perfiles.
Yo apenas podía ver.
—¿Perfiles? ¿De dónde sacaron el archivo con su nombre?
La supervisora pidió que llamaran a sistemas. Un técnico apareció y, tras diez minutos tensos, confirmó lo impensable: el archivo estaba alojado en un servidor de un tercero y se había sincronizado con sus herramientas.
—Parece un paquete de datos importado —dijo—. Viene con etiquetas: nombre, fecha, referencias…
—¿Fecha? —pregunté, con la garganta cerrada.
El técnico leyó la pantalla:
—“Adopción registrada: 15 de abril de 2003”.
Ese dato solo estaba en una carpeta que yo guardaba como un secreto. Sofía había sido adoptada ese día. Nadie fuera de mi familia debía saberlo. Valeria me miró con ojos húmedos.
—Señora Navarro… esto es una filtración. Alguien vendió su historia como si fuera un archivo cualquiera.
Y entonces comprendí lo más cruel: no era Sofía llamándome. Era alguien usando su voz para que yo bajara la guardia.
PARTE 3
Salimos del edificio con una mezcla de rabia y vergüenza, como si yo hubiera hecho el ridículo por creer en un imposible. Pero lo que vi en esa pantalla no era imaginación. Era un nombre, una fecha y un archivo de audio con el pasado de mi hija convertido en herramienta comercial.
Esa misma noche, Valeria me escribió desde un número privado. “No puedo quedarme callada”, decía. Me envió capturas del sistema: el proveedor, los logs, las sincronizaciones. A la mañana siguiente fui a la policía con todo impreso, aunque me temblaban las manos. El agente que me atendió no entendía cómo funcionaba aquello, pero cuando escuchó el fragmento de audio que Valeria logró extraer, se le borró la sonrisa profesional. No era una grabación casera cualquiera: era la voz de Sofía en un video de una campaña escolar, el mismo que yo había subido años atrás a una nube “privada”. Privada, qué palabra más ingenua.
El caso no se resolvió en una semana. Hubo solicitudes legales, correos, abogados, silencios. La empresa del call center se lavó las manos al principio: “Nosotros también somos víctimas”. El proveedor desapareció su web durante unos días y volvió con otro nombre. Pero Valeria no soltó el hilo. Ella, que al principio solo quería conservar su empleo, terminó declarando como testigo. Y yo, que solo quería volver a respirar, acabé revisando contratos, términos de servicio y fechas como si fuera detective.
Un mes después, un abogado nos confirmó lo que temíamos: hubo una compra de bases de datos con perfiles sensibles, mezcladas con material multimedia extraído de filtraciones. Adopciones, historiales médicos, contactos familiares… trozos de vidas empaquetados. Mi caso no era único. Encontramos a otros padres en la misma ciudad que habían recibido llamadas “personalizadas” con voces parecidas a seres queridos. No era magia. Era mercado.
El día que me notificaron que el archivo SOFIA_NAVARRO_2003.wav había sido eliminado del sistema, lloré como no lloraba desde el funeral. No porque me devolvieran a mi hija, sino porque, por fin, alguien admitía que su voz no era un recurso, ni un gancho, ni un truco.
Ahora te hablo a ti, que estás leyendo en España o en cualquier lugar: si una llamada te suena “demasiado” íntima, si te mencionan fechas o datos que nadie debería conocer, desconfía y cuéntalo. Y dime: ¿qué habrías hecho tú en mi lugar? ¿Te habrías presentado en el call center, habrías colgado, habrías grabado la llamada? Déjamelo en comentarios y comparte esta historia con alguien que necesite escucharla. Porque el silencio es justo lo que ellos compran más barato.








