Recién salida de cirugía, apenas podía moverme cuando él irrumpió gritando: “¡Deja de fingir y gana tu lugar en esta casa!”. Intenté decir “todavía me duele…”, pero su mano me golpeó antes de terminar la frase. El sabor metálico de la sangre llenó mi boca mientras caía al suelo frío del hospital. Pensé que nadie vendría… hasta que escuché sirenas acercándose. Pero no sabía si eso realmente me salvaría.

Salí de cirugía un martes por la mañana, todavía con la anestesia nublándome la cabeza y una línea de puntos recorriéndome el abdomen. El médico había sido claro: reposo absoluto durante varias semanas. Apenas podía incorporarme sin sentir que algo se desgarraba por dentro. Mi madre trabajaba doble turno y no pudo quedarse, así que quien fue a recogerme al hospital fue Raúl, mi padrastro. En el coche no dijo casi nada, solo encendió la radio y condujo en silencio, con la mandíbula apretada.

Al llegar a casa, me ayudó a subir las escaleras, pero no con cuidado, sino con impaciencia. Cada peldaño era un martillazo en mi cuerpo. Me dejó en la cama y dijo: “Descansa, pero no te acostumbres”. Pensé que era una broma amarga. No lo era.

A la mañana siguiente entró a mi habitación sin tocar la puerta. “Ya es hora de que hagas algo útil”, soltó. Le recordé lo que dijo el cirujano. “No puedo ni estar de pie mucho tiempo”. Raúl se rió por la nariz. “Los médicos siempre exageran. En esta casa todos trabajamos”.

Intenté sentarme, pero el dolor me dobló. “De verdad, no puedo todavía…”. Su expresión cambió, como si mi respuesta lo hubiera ofendido personalmente. Se acercó a la cama. “Estás fingiendo para no ayudar. Siempre has sido débil”.

Sentí el miedo subir más rápido que el dolor. “Raúl, por favor…”. No terminé. Su mano me golpeó la cara con tanta fuerza que perdí el equilibrio y caí de la cama. El impacto contra el suelo me arrancó un grito que ni yo sabía que tenía dentro. El ardor en la herida fue inmediato, insoportable.

Y mientras intentaba respirar entre espasmos, lo escuché decir: “Levántate ahora mismo o te juro que vas a desear no haber salido del hospital”.

Parte 2

No podía levantarme. No era una decisión, era una imposibilidad física. El dolor en el abdomen latía con cada respiración, y un calor húmedo empezó a extenderse bajo el vendaje. Miré mis manos temblorosas apoyadas en el suelo y supe que algo no estaba bien. Raúl dio un paso hacia mí. “No voy a repetirlo”.

Intenté arrastrarme hasta la cama para apoyarme, pero él me agarró del brazo y me obligó a sentarme de golpe. Un chispazo de dolor me atravesó el cuerpo y grité. Ese grito, agudo y desesperado, fue lo que cambió todo. La vecina del piso de abajo, la señora Carmen, lo escuchó.

Raúl me soltó como si mi dolor fuera una exageración teatral. “Mira el escándalo que haces”, murmuró. Pero ya era tarde. Sonó el timbre. Insistente. Él dudó unos segundos y luego bajó. Desde el suelo, oía voces apagadas, la de Carmen preguntando si todo estaba bien, la de Raúl respondiendo con tono molesto pero controlado.

Intenté ponerme de lado y vi una mancha roja filtrándose a través del pijama. El pánico me despejó más que cualquier medicamento. Con manos torpes alcancé el móvil que había caído cerca de la mesita. Llamé a emergencias. Me costaba hablar, pero logré decir: “Operada… herida abierta… me pegaron”.

No sé cuánto tiempo pasó hasta que oí sirenas. Raúl volvió a subir corriendo, con la cara pálida. “¿A quién llamaste?”, exigió. No respondí. No podía. Solo respiraba rápido, sintiendo cómo me mareaba.

Cuando tocaron la puerta con fuerza y se identificaron como policía y sanitarios, su actitud cambió por completo. “Fue un accidente”, repetía. “Se cayó sola”. Yo apenas podía mantener los ojos abiertos, pero cuando una agente se arrodilló a mi lado y me preguntó qué había pasado, susurré: “Me empujó… después de pegarme”.

Antes de que me sacaran en camilla, vi a Raúl esposado en el pasillo, gritando que yo estaba arruinando su vida.

Parte 3

Desperté de nuevo en el hospital, esta vez en urgencias, rodeada de luces blancas y voces tranquilas que me llamaban por mi nombre: Lucía. Un médico me explicó que uno de los puntos internos se había abierto por el golpe y la caída. “Llegaste a tiempo”, dijo con seriedad. Esa frase me dio más miedo que consuelo.

La policía volvió al día siguiente para tomarme declaración formal. Me temblaba la voz, pero no cambié la historia ni suavicé nada. Durante años había minimizado los gritos, los desprecios, los portazos. Siempre encontraba una excusa: estaba estresado, había bebido, yo lo había provocado sin querer. Pero en esa cama entendí algo con una claridad brutal: si no hablaba entonces, quizá no tendría otra oportunidad de hacerlo nunca.

Mi madre llegó llorando. No sabía nada de lo que pasaba en casa cuando ella no estaba. Ver su cara rota fue casi tan doloroso como la herida. “¿Por qué no me dijiste nada?”, repetía. No supe qué contestar. A veces el miedo te aísla incluso de quien más te quiere.

Raúl recibió una orden de alejamiento esa misma semana. El proceso legal fue lento, incómodo, lleno de declaraciones y miradas que evitaban encontrarse. Pero cada paso era también una forma de recuperar algo que creía perdido: mi propia voz.

Hoy sigo recuperándome, física y emocionalmente. No es un camino recto, y hay días en que el recuerdo pesa más que la cicatriz. Pero estoy viva, y estoy a salvo.

Si has pasado por algo parecido, no lo guardes en silencio como hice yo. Contarlo da miedo, pero callarlo puede costar mucho más. Y si conoces a alguien que podría estar sufriendo en casa, no mires hacia otro lado. A veces, una sola llamada —como la de mi vecina— puede cambiarlo todo.