Nunca pensé que una superstición pudiera destruir una vida entera, pero así comenzó todo. Me llamo Lucía Morales, tenía treinta y dos años y estaba embarazada de siete meses cuando Álvaro Rivas, el hombre con el que compartí cinco años, decidió que el miedo valía más que el amor. Todo ocurrió una noche lluviosa, después de salir del hospital. El médico había confirmado que el bebé estaba sano, pero también mencionó que había nacido un niño ese mismo día con complicaciones graves. Álvaro se quedó callado, pálido. Desde hacía meses estaba obsesionado con las “señales”, con la mala suerte, con lo que decía su madre y una vecina que le leía el tarot.
En el coche, el silencio se volvió insoportable. Yo intenté tranquilizarlo, hablar del nombre del bebé, de la habitación que aún no habíamos terminado de pintar. De pronto, frenó en seco en una carretera secundaria. Me miró con unos ojos que no reconocí: no eran de rabia, sino de miedo.
—No puedo seguir —dijo—. Este embarazo está maldito. Todo ha ido mal desde que te quedaste embarazada.
Pensé que era una broma cruel. Me reí nerviosa, pero él no sonrió. Abrió la puerta, bajó del coche y rodeó el vehículo. Me tomó del brazo y, sin mirarme, susurró:
—Bájate. Es mejor así. No quiero cargar con esta mala suerte.
—Álvaro, estoy embarazada de tu hijo —le dije, con la voz rota.
Entonces ocurrió.
—Fuera —siseó, empujándome hacia el asfalto frío—. No vuelvas.
Caí de rodillas. Instintivamente rodeé mi vientre con las manos.
—Te vas a arrepentir —murmuré, más para mí que para él.
El coche arrancó y desapareció en la oscuridad. No hubo despedida, ni una explicación lógica, solo el eco de una superstición absurda. Caminé durante horas hasta llegar a una gasolinera. Nadie sabía mi historia, pero todos podían ver mi estado. Me senté, temblando, tratando de entender cómo el hombre que prometió protegerme había elegido el miedo.
Lo que no sabía entonces era que aquella noche no era el final, sino el comienzo de una lección cruel que el destino ya estaba preparando, una que Álvaro jamás podría comprar, evitar ni borrar de su conciencia.
Los días siguientes fueron una mezcla de vergüenza, rabia y supervivencia. Me refugié en casa de mi prima Carmen, en Sevilla, y le conté todo entre lágrimas. Ella no podía creer que alguien abandonara a una mujer embarazada por supersticiones, pero tampoco me juzgó. Me ayudó a tramitar la baja médica, a buscar un abogado y, sobre todo, a recuperar algo que había perdido en aquella carretera: dignidad.
Intenté contactar a Álvaro varias veces. Mensajes, llamadas, incluso un correo largo y sincero. No respondió. Su silencio era más doloroso que el empujón. Semanas después, supe por un conocido que había contado una versión distinta: decía que yo me había ido, que estaba “inestable”, que él era una víctima. Esa mentira me quemó por dentro, pero también me dio fuerzas. Decidí no suplicar más.
El embarazo avanzaba y cada patada del bebé me recordaba que no estaba sola. Encontré un trabajo temporal desde casa y empecé a ahorrar. No era fácil, pero era real. El parto se adelantó una madrugada. Carmen me llevó al hospital. Entre contracciones, pensé en Álvaro, no con amor, sino con incredulidad. Nuestro hijo, Mateo, nació pequeño pero fuerte. Cuando lo pusieron sobre mi pecho, supe que todo sacrificio tenía sentido.
Dos meses después, Álvaro apareció. Tocó la puerta de Carmen como si nada hubiera pasado. Estaba nervioso, demacrado. Dijo que había tenido mala suerte desde aquella noche: perdió el trabajo, su coche se averió, su madre enfermó.
—Todo me salió mal —confesó—. Me di cuenta de que fue un error dejarte.
Lo miré en silencio, con Mateo en brazos. No vi arrepentimiento real, solo miedo renovado. Me pidió volver, prometió cambiar, juró que ya no creía en supersticiones. Pero era tarde. Le hablé con calma, le dije que asumiera su responsabilidad legal, pero que no formaría parte de mi vida.
Se fue sin gritar, sin insistir. Por primera vez, fui yo quien cerró la puerta. No sentí victoria, solo claridad. Había aprendido que el abandono no siempre viene del odio; a veces nace de la cobardía, y esa es la herida más difícil de curar.
Con el paso de los meses, mi vida encontró un nuevo ritmo. No era la que había imaginado, pero era honesta. Criar a Mateo sola fue duro, especialmente las noches sin dormir y las mañanas llenas de dudas. Sin embargo, también hubo pequeñas conquistas: su primera sonrisa, sus dedos aferrándose a los míos, la certeza de que estaba construyendo algo limpio, sin miedo ni mentiras.
Álvaro cumplió con la pensión tras una orden judicial. Nunca volvió a pedir perdón de verdad. A veces enviaba mensajes ambiguos, hablando de “destino” o “lecciones de la vida”. Yo no respondía. Aprendí que no todas las historias necesitan un cierre perfecto para seguir adelante. Algunas solo necesitan límites claros.
Hubo días en los que me pregunté qué habría pasado si no me hubiera bajado de aquel coche, si hubiera suplicado más. Pero luego miraba a Mateo y entendía que el verdadero acto de amor fue seguir caminando aquella noche, incluso con miedo, incluso sola. La superstición que me expulsó de su vida fue la misma que me empujó a salvar la mía.
Hoy no guardo rencor, pero tampoco olvido. Porque olvidar sería justificar. Y justificar sería enseñarle a mi hijo que el miedo puede decidir por encima del respeto. Quiero que Mateo crezca sabiendo que nadie tiene derecho a abandonarte cuando más vulnerable estás, y que el amor no se mide por promesas, sino por acciones en los momentos difíciles.
Esta no es una historia de venganza, sino de consecuencias. Álvaro perdió algo que no puede recuperar: la oportunidad de ser parte de una familia construida desde la valentía. Yo gané algo que nadie puede arrebatarme: la certeza de que elegí seguir adelante.
Si has llegado hasta aquí, dime: ¿crees que las supersticiones pueden justificar una traición tan profunda? ¿Perdonarías a alguien que te abandona en el momento más frágil de tu vida? Tu opinión importa. Compártela, porque muchas historias como esta se viven en silencio… y hablar de ellas también es una forma de sanar.





