Nunca pensé que pedir perdón por respirar pudiera convertirse en algo normal.
Me pasó a mí. En mi propia casa. Con alguien que decía quererme.
Y lo peor no fue la bronca. Fue la culpa. Esa sensación pegajosa que no se va ni durmiendo.
Todo empezó de forma tan cotidiana que da hasta rabia contarlo. Una relación normal, de las de cervezas en terraza, domingos de sofá y planes de futuro lanzados al aire como si nada. Yo curraba, tenía mis amigos, mi vida… y aun así, algo empezó a torcerse sin que me diera cuenta. Muy poco a poco. Tan poco que no saltó ninguna alarma.
La primera vez fue una tontería. Llegué tarde a cenar porque se me alargó una reunión. Nada grave. Pero su cara… ese silencio raro. “No pasa nada”, dijo. Y justo ahí empezó todo. Porque cuando alguien dice “no pasa nada” con esa voz, sabes que sí pasa. Y que el problema eres tú.
A partir de ahí, cada día había algo. Si estaba cansado, era porque no me esforzaba lo suficiente por la relación. Si estaba de buen humor, era porque “seguro que había algo más”. Si estaba mal, era porque “siempre estaba amargado”. Da igual lo que hiciera: siempre había una forma de que acabara pidiendo perdón. Y yo, como un tonto, lo hacía.
Empecé a sentirme culpable por planes que no tenía, por pensamientos que no había pensado, por emociones que ni entendía. Me justificaba por todo. Por llegar tarde, por llegar pronto, por querer estar solo un rato. Por no saber explicar por qué me sentía raro. “Es que me haces sentir así”, me decía. Y yo asentía, porque claro… si alguien te quiere, tendrá razón, ¿no?
Lo más heavy es que desde fuera parecía una relación normal. Nadie gritaba. Nadie pegaba. Nadie insultaba. Era todo sutil. Miradas. Silencios. Comentarios con sonrisa. Frases que te dejaban descolocado, dudando de ti mismo. Yo empecé a pensar que estaba roto. Que tenía un problema. Que todo era culpa mía.
Y un día, en medio de una discusión absurda por algo que ni recuerdo, me miré al espejo del baño y no me reconocí. Tenía un nudo en el estómago, la cabeza hecha un lío y una frase dándome vueltas sin parar.
ESE DÍA ENTENDÍ QUE ALGO MUY GRAVE ESTABA PASANDO.
No fue una revelación épica ni una escena de peli. Fue más bien una sensación fría, como cuando te das cuenta de que has perdido algo importante y ya es tarde para recuperarlo. Me miré al espejo y pensé: “Tío, ya no sabes ni quién eres”. Y eso da miedo. Mucho.
Empecé a tirar del hilo. A recordar situaciones. A unir puntos que antes no quería ver porque dolían. Cada vez que yo expresaba algo que me molestaba, acababa pidiendo perdón por haberlo sacado. Cada vez que algo me hacía daño, se convertía en una discusión sobre lo sensible que era yo. Mis emociones no tenían sitio. Siempre eran exageradas, innecesarias o injustas.
Lo más jodido es que yo mismo empecé a autocensurarme. A pensar dos veces antes de hablar. A callarme para evitar conflictos. A justificar actitudes que, si se las contaba a un colega en un bar, me habría dicho: “Pero tío, ¿tú te estás escuchando?”. Y aun así, seguía ahí. Porque cuando no había tensión, todo era increíble. Cariño, risas, promesas. Ese sube y baja te engancha más de lo que quieres admitir.
Un día se lo conté a una amiga. Muy por encima, sin entrar en detalles. Solo le dije: “Siento que todo lo hago mal”. Me miró en silencio y soltó: “Eso no es normal”. Tres palabras. Nada más. Pero me atravesaron. Porque por primera vez alguien ponía en duda algo que yo ya había asumido como verdad absoluta.
A partir de ahí empecé a informarme. A leer. A escuchar a otros. Y flipé. Porque lo que me pasaba tenía nombre. No era que yo fuera insuficiente. No era que estuviera roto. Era una dinámica. Manipulación emocional. Culpa constante. Hacerte responsable de emociones que no son tuyas. Y ojo, no desde la maldad consciente, sino desde patrones aprendidos. Pero daño, hacía igual.
La decisión no fue inmediata. Nadie sale de ahí de un día para otro. Hay miedo, dependencia, esperanza de que cambie. Pero poco a poco empecé a poner límites. A no pedir perdón por todo. A decir “esto no es justo” sin temblar. Y claro, eso no gustó. Cuando dejas de jugar un papel, el sistema se rompe.
La ruptura fue dura. Dolorosa. Con lágrimas y dudas. Pero también fue el primer día en mucho tiempo que dormí tranquilo. Sin nudo en el estómago. Sin repasar conversaciones en la cabeza. Sin sentir que debía algo constantemente.
Hoy, con distancia, lo veo claro. El amor no te hace sentir culpable por existir. No te hace dudar de tu percepción. No te obliga a pedir perdón por sentir. El amor suma, no te encoge.
Y lo más bonito vino después. Volví a reírme sin miedo. A quedar con amigos sin justificarme. A sentirme ligero. A reconocerme en el espejo otra vez. No fue magia. Fue salir de un sitio donde ya no cabía.
A veces no hace falta que te griten para que te estén rompiendo por dentro. Y darte cuenta de eso, aunque duela, también puede ser el principio de algo mucho mejor.
Ahora la pregunta es inevitable: si esto te resonó un poco… ¿qué harías tú?








